viernes, 8 de abril de 2005

La Junta de Maíz

   Recordar la labor de junta de maíz en nuestra región (Río Cuarto) hace cincuenta años atrás, es comprender  la evolución de la actividad agropecuaria y su importante influencia, la que fue modificando parámetros de vida trabajo y costumbres que estaban muy arraigadas a la sociedad. Hoy no es fácil darnos cuenta como la actividad fue transformándose casi precipitadamente, y con este cambio fue arrastrando métodos de vida   y posibilidades de labores en los pueblos y localidades de la región. 

      Nuestra ciudad está rodeada por una importante y rica zona agropecuaria en donde su principal cultivo  fue tradicionalmente el maíz. Si bien hoy en día es normal observar en los campos aledaños a la ciudad que hay cultivos como el maní y la soja que se han impuesto por las cantidad de hectáreas que se siembran, varias décadas atrás los mismos no existían.  A la soja no se la conocía; mientras el maní era solamente una excepción que algún chacarero cultivaba. Esto significaba que las mayores extensiones de cosecha gruesa fueron siempre de maíz y excepcionalmente algunos lotes de girasol.  


        Hasta bien entrado los años cincuenta la junta del maíz se la hacía toda a mano, convirtiéndose en una labor de gran importancia y magnitud por el esfuerzo que demandaba, considerando que en cada temporada de cosecha faltaba mano de obra, o era muy escasa. Así es que para los meses de abril a agosto,  la región rural cambiaba su fisonomía y se adaptaba para recibir a miles de obreros que venían de la ciudad, de los mismos pueblos y de provincias vecinas, a los cuales se los conocía como “juntadores de maíz” los que eran contratados  para realizar la cosecha. 

       El trabajo de junta se lo desarrollaba “de sol a sol” y en los tiempos de invierno no era fácil salir al campo, fundamentalmente con las escarchas que producían las heladas. Cada juntador llevaba una “maleta” que era de su propiedad, la cual era una bolsa con la parte inferior de cuero y la parte superior de lona; esta bolsa se la ataba  a la cintura y  la iba arrastrando entre los surcos para recoger las espigas  que se encontraban en las plantas  a la alturas de las manos,  mediante una “aguja” con punta de acero y mango de cuero, se la calzaba sobre los cuatro dedos de la mano derecha  y con ella se pelaban las espiga quitándole la cubierta de chala. En la medida que se iba cargando la maleta, la que se tornaba pesada para su arrastre, se vaciaba la misma en una “bolsa rastrojera” de yute, construida con trama gruesa, las que contenían las espigas. Y cuando se llenaban  las mismas se las iba parando una al lado de otra en líneas de a diez aproximadamente.  Una  vez llenas  -y con sus copetes dorados de las espigas juntadas- quedaba en los surcos hasta que el colono con su chata a caballos las recogiera y “las entrojara” para así liberar nuevamente las bolsas.  

        El peso de la maleta cuando se iba llenando  era muy significativo porque para avanzar la debía arrastrar con su cintura,  corría con relativa facilidad, porque el cuero de la misma se ponía lustroso al refregarse en contra del pasto casi seco de los surcos y facilitaba su desplazamiento. La maleta era sostenida con firmeza en la cintura por medios de ganchos de alambre que la sujetaba  a una faja de cuero o de tela de yute cocida en varios pliegues reforzados que se colocaba como cinturón y ajustada debidamente  al cuerpo lo que se llamaba “cincha”, la que permitía el arrastre. El pago a estos trabajadores  era por la cantidad de  bolsas que llenaban durante el día.

         No era fácil esta vida, pero indudablemente tenía “sus encantos”. Cada colono que contrataba a personas para la junta, le debía asignar un lugar para que vivieran, que podían ser desde el mismo galpón de la chacra, como también facilitarles chapas que se usaban de techo para construir “carpas” o viviendas precarias, que luego cerraban las paredes laterales con chalas y cañas y el piso de la carpa quedaba cavado a unos 50 centímetros de profundidad.  En su interior las paredes laterales  quedaban con un zócalo de tierra por la excavación y el resto seguía el  encañado hasta llegar al techo. La cocina era un fogón en el patio, generalmente en un poso cavado en el piso y al frente estaban los enceres y lugar para tender ropas. Una vida totalmente precaria pero aceptada en esas condiciones justamente por provisoria y temporal. Así vivían y convivían en cada chacra familias completas que en los tiempos de cosecha todos iban a los surcos, hasta los niños deschalaban espigas y si eran muy pequeños jugaban en el rastrojo cerca de sus padres. Los días de lluvia o de temporal, los que imposibilitaba el trabajo de junta, eran aprovechados para el descanso;  mates, tortas fritas, panes cocidos al rescoldo hecho entre las cenizas del fogón,  algún peludito a la olla,  liebres o perdices, eran los manjares festivos en donde todos compartían bocados, mezclados con juegos de cartas, bochas y tabas, no faltando alguna riña que debía ser controlada por el chacarero.  
  

       Terminada la junta “la troja” de maíz había crecido en altura como un monumento al trabajo de tantos hombres mujeres y hasta niños contribuían  a semejante esfuerzo. Mientras que los juntadores hacían la recolección, los chacareros levantaban las trojas, depositando las espigas en ese silo de alambre y de caña, con un palo alto al costado amurado con gran firmeza al terreno y con riendas de alambres tensados que lo sujetaban en su posición, el que serviría para elevar las espigas a la troja.  En la medida que vaciaban las bolsas iban levantando el nivel del maíz sobre el silo o troja. Cuando la altura estaba por encima al nivel de la chata que traía la carga de espigas, las bolsas se vaciaban   en un carro elevador, que desde el otro extremo de la instalación  se lo tiraba con un caballo y el mismo se desplazaba con rondanas sobre el “cable de troja que se izaba sobre el palo” hasta elevarse a la altura final conforme al alto del palo y cuando llegaba a esa elevación máxima,  una rienda tensaba la compuerta inferior del carrito hasta abrirla  y caían las espigas al medio de troja. Mientras tanto el caballo giraba sobre su recorrido y al volver permitía que el carro bajara por el cable y se acomodara nuevamente al nivel de la chata para seguir subiendo otra carga.

       La junta de maíz contribuyó en gran medida a proporcionar mano de obra temporaria pero en general muy bien paga  a gran cantidad de personas y familias, quienes se dedicaban año a año en estas labores agrícolas regionales que marcaron una época  y que indudablemente con el advenimiento de nuevos procesos tecnológicos a fines de la década del 50 quedaron en el pasado.


Walter Bonetto
8 de abril de 2005. Diario PUNTAL

walterbonettoescritor@gmail.com
Twitter: @walterbonetto
Página de Facebook de Walter Bonetto


2 comentarios:

  1. QUE TIEMPOS AQUELLOS YO HERA BOLLERO TIRABA EL APARATO SE LE DICIA AL CARRITO QUE SUBIA LAS EPIGAS ASTA LA TROJA SEGURO QUE ALGUN VIEJO DE WEEHWRIGHT SE ACUERDA

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  2. siendo niño vi "trojar" maíz en una chacra del partido de 25 de Mayo de unos familiares de mi madre y he escuchado muchísimos cuentos de las cosechas familiares de aquella época, porque mi abuelo, don Juan Lasserre fue un contratista rural en aquellos tiempos, entre 25 de Mayo y Roque Perez.
    Excelente descripción

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