lunes, 19 de abril de 2010

Opinión: ¿Por qué tantos pobres?


Siempre nos metieron en la cabeza que somos un país rico,  es posible que sea cierto, pero indudablemente algo nos ocurre a los argentinos: Las cosas no están en su lugar, y esto nos pronostica  situaciones complicadas y de gran inestabilidad social. En principio no entendemos que para ser rico hay que tener: suerte y organización; y si bien tenemos suerte, porque vivimos en una tierra bondadosa,  pero, lo que nos falta es lo último: la organización.  Nuestra ciudad no es ajena a esta realidad; así es como   en el año 2009, según la Encuesta Permanente de Hogares  existían  10.458 personas pobres,  de estas, unas 3700 se encuentran por debajo de la línea de indigencia; lo que es igual que no pueden comer.

En la actualidad según lo expresado por la Subsecretaria de Promoción Social de nuestra municipalidad, el número de personas creció significativamente y se  triplicó, lo que se torna en una situación altamente complicada; actualmente son unas 30.000 las personas a las que se asisten con alimentos, lo que es el 20% de la población de Río Cuarto, una cifra que realmente debe preocupar de sobremanera, porque en definitiva no poder comer en un hogar es restarle dignidad de vida al ciudadano. ¿Cuál será la causa de estos males?, es la pregunta de cualquier persona que se preocupa por el tema. Seguramente que a través de los especialistas hay muchos diagnósticos técnicos del problema. También existen diagnósticos políticos, los cuales son los más peligrosos porque en general se van a los extremos, o disimulan o lo magnifican, según la conveniencia de su posición. Entonces es posible llegar a un análisis, aunque acotado, de sentido común, que no siempre se hace; pero de hecho: que la única forma de combatir la pobreza es generar y dar herramientas de trabajo, más que repartir alimentos; dado que esta situación, salvo los casos de necesidad bien analizada se torna en un círculo vicioso difícil de salir. Entonces llegamos a la conclusión de que hay gente que por su estado de pobreza, realmente el estado nacional, provincial o municipal, le debe dar alimentos; pero esto tendría que ser un bajo porcentaje. En cambio a toda la gente se le debe dar trabajo para que se gane su propia vida y es aquí que fallamos los argentinos, especialmente los gobernantes. Abrir la puerta al trabajo es abrirle un futuro a la gente; repartir alimentos de forma permanente, es el pan de hoy que se convierte en el hambre de mañana y tampoco se genera un futuro ni la dignidad a un ser humano.

Dentro del trabajo ofrecido a  personas pobres, tendría que estar la participación activa de emprendimientos productivos generados por iniciativa del estado junto a empresas privadas,  para ir, aunque lentamente, absorbiendo mano de obra desocupada en tareas no demasiado complejas en sus etapas primarias, para   luego ir superándola con adecuada preparación en  los niveles de productividad. Así podríamos pensar  que el estado podría entregar en alquiler módico un sector de tierra con riego para que cincuenta obreros hagan producción de legumbres; un terreno para realizar hornos de ladrillos; un local para fabricar bolsas, un viejo galpón para que un grupo de desocupados fabriquen ladrillos de cementos, y así tantos emprendimientos más que podrían hacer trabajar a la gente hasta encaminarlas en actividades rentables para su subsistencia,  y que  empiecen a generar sus recursos. Es posible hacer de este modo una cadena de trabajo que comience a contagiar entusiasmo y salir de este atolladero actual que es solamente brindar alimentos y más alimentos, pero no da solución al problema, al contrario, lo incrementa constantemente.

También el estado municipal debería dar preparación y formación laboral a estos   grupos de personas y ponerlos a trabajar en programas adecuados para insertarlos en un ambiente  activo y organizado. Nada de esto es fácil, pero tampoco es imposible. Algo se debería realizar. Es posible que en estos momentos de crisis, invertir en el planeamiento ambicioso de trabajo comunitario y bien organizado, si se lo desarrolla con continuidad, podría convertirse en  la solución del mañana sobre un problema que nos afecta y nos afectará a todos. En la medida que la pobreza aumenta, los riesgos de la seguridad también aumentan y la decadencia se precipita para miles de familias que tienen derecho en alcanzar una vida digna.

Walter Bonetto
El Puntal, Río Cuarto (Córdoba)
19 de abril de 2010


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miércoles, 29 de abril de 2009

El escritor Walter Bonetto disertó en el Castagnino y explicó el potencial perdido en materia industrial


El escritor de Río Cuarto Walter Bonetto presentó, en la noche del jueves 29 de abril en el Instituto Superior Castagnino de Ucacha, sus libros 'La industria perdida' y 'Buscando la república'. El evento contó con numeroso público y fue organizado por el CAIE del Instituto Superior Clelia Fanny Castanino y el área de Comunicación del ISLGSM, en el marco del Bicentenario. En la oportunidad y apoyado en diapositivas, Bonetto explicó del potencial del país como polo industrial a través de la Fábrica Militar de Aviones y cómo fallaron las políticas posteriores que den posibilidad de desarrollar aquella experiencia.

Detalló sobre aviones de guerra y civiles que se fabricaron en Córdoba, de autos, la moto Puma, el tractor Pampa y de repuestos y herramientas realizadas por la industria argentina, considerando que distintas circunstancias y golpes de Estado perjudicaron la continuidad y condenaron al país a un modelo agro exportador en desmedro de la industria. "El hecho de no contar con una verdadera república y objetivos trascendentales conspiró contra la increíble producción y ciencia desarrollada en la Fábrica militar de Aviones que funcionada en Córdoba, donde trabajaban miles de operarios y se producía por encima de cualquier país sudamericano", dijo el autor para agregar que muy difícilmente se pueda recuperar aquel potencial.
A continuación, algunas imágenes de la disertación y la posterior charla - debate.

Fuente: ISFD Clelia Fanny Castagnino ( Ucacha, Cba)


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miércoles, 22 de abril de 2009

Walter Bonetto viaja por la historia local

El escritor local Walter Bonetto acaba de finalizar su nuevo libro en el que hace una recorrida por los principales hechos de Río Cuarto. Se trata de “Las fechas del Imperio”, un conjunto de más de 1.300 citas de nuestra historia, repartidas en tres épocas.
La primera es un período antiguo, que va desde 1573 hasta la llegada del marqués de SobreMonte y la fundación de la villa; la segunda trata desde 1786 a 1875 cuando Río Cuarto pasó a ser ciudad; y la última desde 1875 a nuestros días.
“Son fechas importantes en la historia de Río Cuarto, pero la particularidad del libro es que comienza en el año 1573, cuando el capitán Suárez de Figueroa descubre el río y abarca 435 años hasta el 8 de diciembre que se festeja el día de la Virgen”, cuenta el autor en diálogo con PUNTAL.
-¿Cómo se llevó a cabo la búsqueda de la información?-El trabajo se presenta en el libro. Fue a través de una consulta a todos los historiadores de la ciudad. Me sorprendió entrevistarme con tantos conocedores de nuestra historia con los que antes no había hablado. Del mismo modo, consulté las obras de historiadores de la región y material de archivo, junto con las anécdotas de varios ciudadanos. Aclaro que no soy historiador, simplemente soy inquieto y me gusta la historia. A medida que uno investiga se interesa en lo que descubre.
-¿Cómo se desarrolló la elección de los hechos que se presentan?-Intenté colocar todos los hechos, sin llevar a cabo ningún filtro. A mí me gusta más la historia antigua; sin embargo, de aquella época tengo menos datos. De igual modo, hice hincapié en aquellos sucesos que consideré más significativos y documentados. Sobre algunos temas se presentan consideraciones del autor, siempre intentando ser imparcial. Este trabajo tiene como objetivo que se siga incorporando información en nuevas ediciones.


Fuente: Diario Puntal 

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martes, 16 de septiembre de 2008

La Plaza de La Concepción de Río Cuarto


En general en toda organización urbana y social de los pueblos, sus habitantes se nuclean alrededor de un espacio libre al que luego lo van consolidando y adornando con paseos, jardines y hasta monumentos, los cuales hacen referencia a su creación y pasado, que se denomina “Plaza”. Plaza como lugar central de la historia de un pueblo, de una localidad. Lugar en común, en donde se participa públicamente y se transita libremente. Lugar donde se viven emociones, encuentros. En el caso de nuestra plaza, la misma fue testigo y protagonista comprometida con todas las generaciones de riocuartenses que amaron y respetaron este espacio como el lugar más central del Imperio.

Si bien la “Plaza de la Concepción” nació con la Villa y en aquellos primeros años fue cambiada de lugar trayéndola una cuadra más hacia el norte conforme a sus trazos originales, luego su permanencia se mantuvo imperturbable y su trascendencia fue constante, marcando a fuego un lugar físico, sostenido con perseverancia para que la población se expandiera a sus alrededores y la ciudad tomara su rumbo y su pujanza. Ella, durante todos los tiempos, albergó grandes alegrías, pero también grandes penas y dolores, por haber sido mudo testigo de tanto protagonismo en la historia de un Río Cuarto difícil y tremendo, que quería permanecer y conquistar una posición en la pampa un tanto desierta, pero no exenta de violencia y peligros.

Majestuosa allí, como cobijando el paseo de los parroquianos en donde sus edificaciones con sus ocupantes se disputaban espacios por permanecer a su frente , o cuando no, muy cerca, porque no ignoraban que ahí, en ese lugar, estaba “el centro de la vida del imperio”, y todos buscaban las primeras filas para contemplar la obra de todos los tiempos.

Refugio relativamente seguro durante un siglo, de casi un medio centenar de tremendas y grandes invasiones de malones que azotaron a la Villa con gran crueldad, en donde sus habitantes se salvaban refugiándose en ella, porque los indios no la penetraban, además a la plaza siempre se la mantenía defendida con las mejores armas. Para esto, y hasta el año 1886, se encontraba cercada con muchos hilos de alambre y gruesos postes de algarrobo clavados a pique, para tensar con rigidez y dar consistencia al cerco, mientras que entre poste y poste, se colocaban varillones y contaba con una puerta sobre cada calle que en los momentos de los ataques eran fuertemente cerradas, y fue justamente en aquel año en donde al no existir ya la amenaza de invasiones se levantó aquel alambrado perimetral y la plaza así “vivió su libertad” y cambió su fisonomía, convirtiéndose mas que en un refugio atrincherado, en un paseo popular.

Era así aquel refugio, en donde los habitantes al sentir el clarín o corneta de advertencia, corrían con desesperación para alcanzarla, especialmente las mujeres junto a sus hijos para ponerse a salvo de las invasiones, aunque en ocasiones, no siempre todos llegaban, quedando muchos inocentes a merced de los bárbaros y su vejámenes, mientras que los que sí llegaban ahí permanecían, acampados en silencio, con el corazón saltando con fuerza dentro de sus pechos y rezándole a la Purísima Concepción hasta que la invasión pasara. Desde ahí también escuchaban los atroces gritos de esa invasión; el llanto desesperado de muchos niños y de mujeres cautivadas que tuvieron la tremenda desgracia de no alcanzarla para protegerse; el humo del incendio y la polvareda de la tropa arreada y robada. La plaza era testigo de la vida y de la muerte de aquellos tiempos en donde el malón destruía todo sus alrededores, aunque no tocaba aquel centro atrincherado a pesar que lo codiciaba y lo amenazaba, es que ahí estaban las mejores armas de fuego de la defensa en cada flanco, los mejores tiradores, y hasta algún cañón que escupía muerte segura para los atacantes.

También la plaza de la Concepción había sido escenario de guerra y gran combate, cuando Facundo Quiroga toma la Villa en el año 1831, que a través de la historia se observa como la única oportunidad en que fue “penetrada y vencida su plaza”. Aunque parezca risueño y mas benigno, no se salvó ni de una gran invasión de langostas producida en 1868 en donde en pocas horas pelaron todos sus árboles dejándola en estado asombroso. Pero fue ésta también testigo de liberación de esclavos en las fechas patrias de algunos 25 de Mayo, así es como en 1826 era liberada por sorteo en la Plaza de la Concepción la esclava Petrona Ortiz. También en la plaza se azotaban a los infractores de los bandos en el tiempo de la colonia y se ejecutaban los condenados a muerte en presencia del pueblo como un normal acto público y así ocurrió que se fusilaron delincuentes, desertores del ejército y hasta al ex gobernador de la provincia de Córdoba, Nolasco Rodríguez, el 21 de mayo de 1840 a las 11 de la mañana.

Fue en el año 1881 cuando ya las grandes invasiones menguaron y a la plaza de la Concepción se la cambio de nombre denominándosela “Plaza Roca” en honor al general Roca y su protagonismo tan discutido y cuestionado en estos tiempos. Ya después de haberse sacado su alambrado, las mejoras a la plaza fueron constante y en el año 1899 se colocó como adorno central la artística fuente de hierro traída de Europa que ahora se encuentra en la plaza Racedo; mientras que en el año 1904 se uso la plaza Roca para realizar el gran brindis navideño y encender el alumbrado público con electricidad en la ciudad para inaugurar la usina propia, en donde los ciudadanos observaban asombrados el nuevo sistema de luces. Llegamos así al año 1910 en donde sus veredas dejan de ser de tierra para quedar embaldosadas, lo que era todo un lujo, para luego en 1918 contar con sus calles perimetrales adoquinadas.

La historia de la plaza es muy larga y muy rica en episodios y acontecimientos. Es muy posible que su nombre original de “La Concepción” tenga en sus recuerdos el gran peso de esta historia de la actual Río Cuarto. También es posible que Tampoco sea justo vivir cambiando los nombres con el paso de los tiempos porque se corre el gran riesgo de no respetar con justicia acontecimientos que marcaron a sangre y fuego nuestro pasado el cual debe ser observado con ecuanimidad desde todas sus dimensiones.

Por Walter Bonetto
walterbonettoescritor@gmail.com
Diario Puntal
16 de septiembre de 2008

miércoles, 7 de mayo de 2008

La batalla de Río Cuarto (Año 1831)


Es indudable que nuestra ciudad atesora en su rica historia un protagonismo muchas veces ignorado como desconocido, o en lo mejor de los casos algo olvidado por las generaciones actuales y las no tan actuales. De todos modos la historia de nuestra ciudad y su región tiene acontecimientos y características de hechos muy definitorios que fueron marcando su destino. La formación de la “Villa de la Concepción” (en honor a la virgen inmaculada) creada por el Marques de Sobrenombre, originalmente como un pueblo, el 11 de noviembre de 1786, sobre la base de un reducido grupo de habitantes compuestos aproximadamente de 30 familias que provenían de estancias aledañas, fueron dando forma a esta nueva y precaria población del desierto, quienes día a día jugaban su destino por aquellos tiempos muy incierto y de espectacular crudeza y soledad, en el medio de una pampa cruel e indómita. Basta leer el canto épico del músico y coplista riocuartense don Jorge Torres Velez denominado “Villa Heroica”; el cual describe en pocas estrofas muy objetivamente la realidad de aquellos días de ser habitante de la Villa. Así fue como la lucha contra el indio; la instalación de los fortines; más tarde la Comandancia de la Frontera Sur; y también las guerras civiles que se protagonizaban en la república, le fueron definiendo a esta sufrida población un lugar algo estratégico en la inmensidad de la pampa en donde se fueron dando acontecimientos históricos de nuestra vida local y regional de significativa importancia.

Un eslabón importante en la historia tremenda y desgarradora de nuestra ciudad, ocurrió en el año 1831, cuando a partir del día 5 de marzo Facundo Quiroga invadió con sus milicias la misma, en donde luego de tres días de combate hizo prisioneros alrededor de cuatrocientos ciudadanos, quienes protagonizan un doloroso y desgarrador calvario muchos de ellos hasta su muerte. Por aquellos tiempos la “Villa de la Concepción” se encontraba en total decadencia poblacional, había perdido la mitad de sus habitantes por éxodo de los mismos, consecuencia de las guerras civiles y de los constantes ataques de malones y no contaba con mas de mil almas. El país estaba dividido por unitarios y federales. Quiroga asechaba a toda Córdoba pero no podía laurear sus hazañas, dado que el General José María Paz ya lo había derrotado primero en la batalla de La Tablada y luego en la de Oncativo, en los campos de Laguna Larga. De esta ultima batalla, el ambicioso caudillo riojano logra milagrosamente ponerse en fuga por un error estratégico cometido por su perseguidor, el coronel Echeverría quien por orden del general Paz estaba detrás de sus pasos con la consigna terminante de perseguirlo y atraparlo.

Se organiza Quiroga

Ante la derrota de Oncativo, Quiroga junto con un maltrecho componente de sus milicias, se precipitaba casi desesperadamente rumbo a Buenos Aires, como único punto de salvación de lo poco que le quedaba de su derrotado y andrajoso ejercito, y además, para salvar su propio pellejo. Con esta escapada el caudillo riojano no hacia otra cosa que buscar el amparo del gobierno de Rosas, quien no duda en salir a su encuentro para protegerlo y recibirlo como “un vencedor” y darle total apoyo, para que luego rearmase su ejercito en gran parte con hombres librados de las cárceles. De esta manera se le posibilitó retomar a las aspiraciones guerreras del caudillo, quien se encontraba con mucha sed de venganza por las amargas derrotas en tierras cordobesas.

El 13 de febrero de 1831 parte nuevamente Quiroga con sus milicias recompuestas hacia Córdoba, con el propósito de alcanzar a la ciudad de Mendoza que pretendía ser el destino final de esta nueva cruzada. El Jefe de la Frontera sur con sede en Río Cuarto Comandante Juan Gualberto Echeverría sabiendo del paso de Quiroga con su ejercito, hizo levantar todos los fortines despojando de los mismos lo que podría usar el enemigo, como armas, caballos y alimentos, para luego concentrar todos sus efectivos en la Comandancia General de Río Cuarto, en donde se concentraba la gran defensa de la ciudad apoyada accidentalmente por el Coronel Pringles, quien junto a una milicia de cien hombres se dirigían hacia San Luis , los que también sumaron sus fuerzas en contra de Quiroga al que si bien lo consideraban una amenaza , calculaban que no se atrevería entrar en Río Cuarto y atacarla en virtud que sus planes eran otros.
Ante  la derrota de Oncativo, Quiroga junto con un maltrecho componente de sus milicias, se precipitaba casi desesperadamente  rumbo a Buenos Aires, como único punto de salvación de lo poco que le quedaba de su derrotado y andrajoso ejercito, y además, para salvar  su propio pellejo. Con esta escapada  el  caudillo riojano no hacia otra cosa que  buscar el amparo del gobierno  de Rosas, quien no duda  en salir a su encuentro para protegerlo y recibirlo como “un vencedor” y darle total apoyo, para que luego rearmase su ejercito en gran parte con hombres librados de las cárceles. De  esta manera se le posibilitó retomar  a las aspiraciones  guerreras del caudillo, quien se encontraba con mucha sed de venganza por las amargas derrotas en tierras cordobesas.

El 13 de febrero de 1831 parte nuevamente Quiroga con sus milicias recompuestas hacia Córdoba, con el propósito de alcanzar a la ciudad de Mendoza que pretendía ser el destino final de esta nueva cruzada. El Jefe de la Frontera sur con sede en Río Cuarto  Comandante Juan  Gualberto Echeverría sabiendo del paso de Quiroga con su ejercito, hizo levantar todos los fortines despojando de los mismos lo que podría usar el enemigo, como armas, caballos y alimentos, para luego concentrar todos sus efectivos en  la Comandancia General de Río Cuarto, en donde se concentraba la gran defensa de la ciudad apoyada accidentalmente por el  Coronel Pringles, quien junto a una milicia de cien hombres se dirigían hacia San Luis , los que también  sumaron sus fuerzas en contra de Quiroga al que si bien lo consideraban una amenaza , calculaban que no se atrevería entrar en  Río Cuarto y atacarla en virtud que sus planes eran otros.

Se preparan las defensas de la Villa

De todos modos las medidas de prevención se tomaron al extremo para la defensa de la ciudad ante la amenaza de una posible invasión, se trabajo con premura y desesperación para crear defensas y fortificar las entradas a la villa para lo cual se cerraron calles, se cavaron trincheras, se instalaron las mejores armas que se habían reunidos de los fortines aledaños en los lugares estratégicos y se reforzó toda la vigilancia y exploración para observar el paso del ejercito federal de Rosas y se instruyo a la población sobre las medidas a tomar ante  un posible e eminente  ataque, quedando así la ciudad convertida en un campo atrincherado, donde en su interior se dejaron encerradas además de la población con su tremenda angustia, toda la hacienda y la caballada que se pudo reunir. Así fue como hace 174 años se preparaba la Villa de la Concepción del Río Cuarto, para hacer frente y soportar el mas grave ataque que sufrió en su historia producto de las desavenencias políticas que provocaban las guerras civiles las cuales dividían  a los argentinos.

La primera escaramuza de combate se dio sobre el río en las costas en San Bernardo, muy cerca de la localidad de Reducción donde Quiroga mide sus primeras armas con una patrulla de defensores que correspondían a una partida de exploradores y al vencer los mismos, toma finalmente la decisión de invadir la Ciudad.  Echeverría  y sus tropas en principio esperaron a Quiroga fuera de la ciudad con todo el ejercito formado,  pero cuando vio el numeroso ejercito de Quiroga, el defensor de la Villa, cambio la estrategia de presentar batalla y trato de evitar el gran combate para dedicarse  a consolidar la defensa  tomando posición en el interior de la misma con todos sus soldados para no permitir el ingreso de los federales.

Quiroga se envalentono  al ver el cambio de estrategia del Coronel Echeverría. También repaso la suya, y lanzo una instigación constante con grupos reducidos de manera simultanea por distintos flancos al mismo tiempo,  para así explorar cada lugar y encontrar el punto débil para lanzar el asalto y penetrar la plaza, la cual ahora se había convertido en su  inamovible objetivo de ataque e invasión, mientras que  en la ciudad se vivían horas de dramatismo y desesperada angustia por parte de sus pobladores. El hostigamiento se tornaba constante y cada vez mas violento de todos modos Quiroga no lograba su objetivo tan fácilmente como lo había calculado por la férrea y sostenida defensa de parte de Echeverría y sus tropas.

El precio de una traición

Los invasores, luego de dos días de constantes instigaciones y ataques no lograban consolidar una posición y menos penetrar la ciudad la cual mostraba una aguerrida e infranqueable defensa. Ante esta situación Quiroga llega poner en duda la continuidad de su objetivo pensando continuar camino a Cuyo hacia donde se dirigía y olvidarse  del asalto del asalto a la Villa, que para él “había sido un trabajito de paso”, porque como ya fuera mencionado, no estaba en sus planes y creía que resultaría mas simple . Pero al final la suerte cambio y marcó el destino de condena a los habitantes y defensores de Río Cuarto, en virtud de una lamentable y vergonzosa  deserción de un oficial de Echeverría hacia las fuerzas enemigas, la cual se la consideró como una traición, producida cuando el Sargento Mayor Prudencio Torres y su asistente se pasaron las fuerzas enemigas y le entregan la información a Quiroga de que los defensores carecían de municiones para sus armas, encontrándose al limite de las mismas, además de precisar sobre los puntos mas débiles de la defensa y le dar la información exacta del numero de oficiales y  soldados  conque Echeverría disponía; informando también del estado de desesperación y miedo en que se encontraban la población.

El asalto final

Con esta información Quiroga se hace muy fuerte y ahora continua de manera implacable su hostigamiento con una guerrilla de desgaste  para lograr agotar las pocas municiones de los defensores. Ante esta dramática situación  los Coroneles Echeverría y Pringles,  ya sin armas para la defensa  salieron de la Villa con mas de doscientos hombres, con el fin de atraer hacia ellos  a los invasores, pensando que lograrían el fin del hostigamiento, pero se equivocaron y esta estrategia no fue lograda, porque no salió todo el ejercito invasor a perseguir los defensores. Solamente un escuadrón  efectuó  la persecución, mientras que el grueso del ejército de Quiroga siguió sitiando y hostigando a la Villa de la Concepción,  ahora con mayor contundencia y severidad. Con este ejército dispersado, las ahora pocas defensas de la ciudad y sin armas de fuego, Quiroga vibra de entusiasmo y no duda en ordenar el asalto de Río cuarto el día 7 de marzo del año 1831  a las 10 de la mañana.

La desesperada pero tensa defensa estaba ahora a cargo de un vecino que en esos momentos comandaba las milicias, don Mariano Arguello, quien junto a sus hombres luchó con excepcional valor y coraje, hasta agotar el último cartucho de los pocos que le quedaban, para defender lo que realmente era indefendible en esos momentos, quienes debían  soportar el tenaz ataque del ejército de Quiroga por los cuatro costados de la población, los que se abrían paso montados en briosos, enfurecidos y castigados caballos, penetrando con total brutalidad a la Villa hasta lograr la total rendición de los riocuartense, para luego de manera inmediata iniciar también un brutal y despiadado saqueo domiciliario y violaciones a una población indefensa con los restos de un pequeño ejército vencido y ahora prisionero del invasor, quien lo trataría con total crueldad.

Saqueos  violaciones y prisioneros encadenados

Los momentos posterior a la batalla y a la rendición fueron de fatalidad para los pobladores de Río Cuarto, en virtud de que era norma autorizada a los soldados por los “contratos de enganche” saquear y abusar de la propiedad privada una ves conquistada la plaza, haciendo de este modo “un festín de guerra” en donde la barbarie era la norma,  y no debemos olvidar que gran parte del ejercito de Quiroga había sido formado por delincuentes y asesinos “rescatados” de las cárceles de Buenos Aires. Junto a los saqueos a las violaciones de la propiedad y de las personas se tomaron prisioneros a 23 oficiales, 18 sargentos, 18 cabos y 350 soldados, como así también un considerable numero de civiles entre ellos el sacerdote de la ciudad quien también fue tremendamente martirizado brutalmente.

Dejando una población doliente y destrozada por los horrores de una invasión despiadada, donde por todo el desierto de la pampa se oía el tremendo desesperado llanto y se observaba el miedo y terror de tantas mujeres  violadas y muchos niños huérfanos, como de personas -de distintos sexos y edades- moribundas y asesinadas tiradas en las  guadalozas calles  de la ahora triste Villa, la que inexorablemente se había convertido en un campo de batalla  y de saqueo. Al final, el día 12 de marzo Quiroga con su “victorioso ejercito” parte rumbo a Cuyo, llevando como “botín de guerra” a una parte de la población y el resto de un ejército vencido, formando penosas  columnas a pie con seres humanos encadenados en un tortuoso y desesperado camino de horror y muerte, sin importar heridas ni el frío, ni las enfermedades y menos el dolor de las cadenas. Luego de varios días de marcha y de muchas personas muertas en el difícil trayecto, termina usando exclusivamente parte de los soldados y cabos para incorporarlos al Regimiento de Auxiliares de los Andes.

En esta penosa cruel y tortuosa marcha los “Prisioneros de Río Cuarto” llegan a San Luis caminando en donde algunos obtienen la libertad, el resto continua hacia Mendoza, en aquella ciudad termina liberando algunos y fusilando injustamente a otros, lo que obraba Quiroga según su animo  del momento, disponiendo a su antojo y como absoluto juez, de la vida o de la muerte de quienes consideraba sus enemigos.

Por Walter Bonetto
Diario Puntal 
7 de mayo de 2008

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martes, 30 de octubre de 2007

El viejo tránsito de La Concepción


Nunca fue fácil el tránsito de la ciudad de Río cuarto, tampoco lo es por estos días, pero repasando la historia este problema es de vieja data y dio muchos dolores de cabeza a las autoridades casi en todos los tiempos. En el año 1881, durante el segundo mandato de don Ambrosio Olmos como Presidente Comunal, se había emitido la “Ordenanza de Carretas” la que regulaba dicho tránsito, en virtud  de que el viejo estacionamiento o plaza que ellas ocupaban, funcionó en La Concepción por más de 80 años ubicado en el lugar que ahora está la municipalidad;  este espacio   debía ser desalojado para construirse el “Primer Mercado de Río Cuarto”, el ya demolido “Mercado Progreso”. Aquella vieja ordenanza  pretendía poner orden al tránsito de las carretas, alejando del centro el estacionamiento de las mismas y prohibiendo su circulación  a menos de dos cuadras de la Plaza de La Concepción, debiendo estacionar  las que transitaban el “Carril de los Chilenos” sobre  un baldío existente entre la Avenida Italia y calle Sobremonte, al norte de los cuarteles.  Las carretas que venían por la “Carrera de Lima”  se debían ubicar en el sitio llamado   “Bajo del Arroyo”. De esta manera se descongestionaba el tránsito de la ciudad y se sacaron las carretas del centro.

Otro aspecto que exigía también organizar el transito fue el funcionamiento de los tranvías a caballo a partir del año 1881, lo cual fue motivo de importantes riesgos, así podemos encontrar en nuestra historia que la señora Liboria Romero el 8 de septiembre de 1886 fue atropellada  por un tranvía, causándole contundentes heridas    que le producen su muerte. Fue también en el año 1890 en que el intendente don Andrés Terzaga y con la aprobación del Concejo Deliberante establecieron “La Ordenanza de Marras”, que tenía como finalidad prevenir y reglamentar todos los movimientos de los vehículos, con el fin de evitar numerosos choques que se producían entre ellos.  Por aquel entonces la ciudad  contaba con unos 10.000 habitantes, lo que era  significativamente populosa, especialmente por la concentración de personas en el radio céntrico, lugar que se encontraban los principales comercios, los cuales no atendían solamente  a los habitantes locales, también  recibían gran cantidad de personas que usando el ferrocarril,  venían de los pueblos vecinos para hacer compras de alimentos, ropas, repuestos agrícolas; consultas médicas, y tantas cosas más que en sus localidades no conseguían.

Todo el transporte urbano por aquellos años era tracción a sangre; las calles de Río Cuarto  se llenaban de sulkis, carros, volantas, chatas, galeras, birlochos, breaks, vagonetas, personas a caballo;  esto era un conjunto de tránsito muy intenso y desordenado que complicaba andar por el centro; además se producían constantes accidentes con estos vehículos y no faltaban conductores imprudentes, que pretendían andar a toda carrera por las calles, mientras que otros, hacían rodar sus carros pisando sobre las mismas veredas para adelantarse  más rápido.   Reglamentar   este caudal de transito no era sencillo, fundamentalmente por la imprudencia de los conductores, es que  en general a nadie le gustaba respetar las reglas que la municipalidad trataba de imponer.

La plaza Roca era el lugar de mayor concentración y por ende de múltiples accidentes entre estos medios de movilidad, y cuando la misma ya no estaba alambrada, solían aparecer caballos espantados y desbocados, los cuales se habían escapado de las varas de su carro y terminaban apareciendo como buscando refugio en el medio de los jardines del paseo, inclusive con sus arneses de tiro; sumado a todo esto, la suciedad que provocaban los animales, hacían que cada calle contara con su importante dosis de estiércol  que debía ser recogido constantemente, caso contrario el olor espesaba la atmosfera. Así es como el tema del tránsito era  motivo de gran preocupación. La citada ordenanza tenía como finalidad prevenir y reglamentar todos los movimientos de los vehículos y controlar sus desplazamientos con el fin de evitar los choques que se producían entre ellos.

De lo accidentes producidos, narra el escritor local Chañilao, en su obra “Nace un Imperio”: que una Break de una cochería local dio un gran susto a sus pasajeras al tomar trote sus caballos y al desprenderse una rueda, las damas quedaron desparramadas por el medio de la calle; si bien el accidente no fue de gravedad, el mal momento y el susto de las pobres mujeres fue mayúsculo.  Los choques de carruaje eran  frecuentes, especialmente en los cruces de calles dado que por aquellos años la mayoría de las esquinas no tenían ochavas, terminando en ángulo recto lo que dificultaba ver lo que venía en la calle transversal. Para subsanar esta manera de construcción, el Concejo Deliberante emitió un decreto en que todas las esquinas debían llevar ochavas de cuatro varas de fachada.

La situación  del tránsito se complicaría más con el tiempo, en los primeros años del 1900 ya comienzan andar por la ciudad los primeros coches con motor y es así como en 16 de enero de 1906  la municipalidad otorga la primera patente de automóvil y esto traía aparejado que por la mismas calles que transitaba todo el tráfico a caballo, debería también hacerlo el  de motor; mientras que los ruidos del andar de estos nuevos vehículos, sus bocinas y su marcha, entre los carros a caballos, no era tan sencillo ni funcional.

En el año 1909  se establece la primera ordenanza que fijaba una velocidad máxima de 15 km por hora para cualquier vehículo motorizado y  si bien ya habían existido accidentes por las calles de la ciudad, el día 5 de diciembre de 1914 se produce la primer fatalidad, cuando  el automóvil conducido por Agustín Ojeda en la intercepción de las esquinas General Paz y Vélez Sarsfield,  atropella a la señora Catalina Gardey de Etchecahar, provocándole la muerte de manera instantánea.

Así vemos que siempre el tráfico de nuestra ciudad fue motivo de preocupación y nunca fue fácil ordenarlo correctamente; de todos modos fue y seguirá siendo lo que permite que la ciudad logre su crecimiento y que el hombre desarrolle su vida de la manera más ágil y cómoda posible, aunque nunca estará exento que tenga normas actualizadas y rigurosas que lo controlen y que permitan lograr  una correcta educación vial cosa que aún lo riocuartenses no hemos logrado.


Walter Bonetto
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miércoles, 19 de julio de 2006

Las Campañas del Desierto


    Dar una mirada a las décadas del 70 al 80 del siglo XIX en los legados de nuestra vida nacional, sería como repasar una historia un tanto comprometida en que aparece una realidad de matices difusos y contrastantes. Por un lado se visualiza un país en que el Presidente Avellaneda trabajaba con ahínco para lograr una importante inmigración, apertura económica y educación, dando continuidad de este modo lo iniciado por Sarmiento; mientras que por otro lado se planificaba con meticulosos detalles la “solución final” del problema aborigen ayornada con el rimbombante nombre de “campaña o conquista al desierto”. Ahora bien, debemos entender que el desierto no era tan desierto porque en gran medida ya había sido conquistado por diversas tribus nómadas y algunas sedentarias que lo poblaban y eran ellos los verdaderos dueños de esas tierras e inmensidades, dueños estos que se vieron arrebatados de sus derechos en nombre de lo que ahora se llamaba “conquista y civilización” en donde también debemos ser sensatos y entender que la conquista fue un atropello cruel y despiadado, mientras que la civilización para aquellos pueblos aborígenes fue en gran medida engaño y mentira que aún perdura en nuestros días y a pesar de más de 130 años transcurridos, es una herida que además de perdurar, duele y lastima.

   Quizás como lado positivo podemos decir que las barbaries de las invasiones indias en contra de las poblaciones y colonias se acabaron luego de estas campañas, pero de ningún modo justifican las mismas la crueldad y el exterminio de gran parte de aquellos pueblos. Extender las líneas de fronteras de manera violenta no era otra cosa que arrebatarles territorios a los aborígenes, como también fue en gran medida un excelente negociado económico para muchos “visionarios de la época”, en donde no faltaron quienes amasaron fortunas y lograron posiciones a expensa de echar al indio.

    Si bien los pueblos aborígenes fueron perseguidos, diezmados y masacrados, al final de estas campañas muchos se beneficiaron, por lo tanto esas “campañas conquistadoras del desierto” iban avanzando rumbo al sur del continente americano. Así lo mencionaba el General Roca en un parte al mismo Presidente de la Nación en junio el año 1879 “Puedo anunciar a V.E. que se acaba de dar cumplimiento a la ley que disponía el establecimiento de las líneas de fronteras en las márgenes de los ríos Negro y Neuquén, ya los pocos indios que quedan en la pampa son acosados por todas partes por nuestras tropas…” Imaginarse el “acosamiento” al que se refiere el General Roca y se lo manifiesta al mismo Presidente de la Nación, hablaba por si solo de una campaña despiadada y cruel de exterminio casi sin límites ni reglas por parte del estado en contra de las comunidades aborígenes y se debe  suponer que no faltaban los constantes hechos de crueldad sin límites. Dentro de esas crueldades, además de matanzas indiscriminadas, era en muchos casos las de ataques a tolderías indefensas cuando los varones adultos estaban alejados de las mismas, pero en general se debe considerar que la familia india era diezmada de cualquier forma y método para logra el exterminio: Las mujeres ancianas muertas a igual que los indios viejos; las mayores hechas prisioneras; las más jóvenes eran sistemáticamente violadas y se las forzaba a prostituirse; los niños terminaban separados de sus madres y quedaban abandonados o asesinados y tantas calamidades más, mientras que a los indios adultos se los convertía en esclavos y se los deportaba a otros sitios del país. Cuando se investiga con cierta profundidad este tema no se entiende la crueldad del hombre, y lo más grave es que en este caso no fue el conquistador español con el cual siempre nos lavamos la boca de todo lo que abusó del indio, aquí fue el mismo argentino que cometió semejante atropello y lo realizó incitado por el mismo estado.

    Dentro de estas calamidades y aberraciones la iglesia también estuvo presente con sus misioneros y evangelizadores sin darse cuenta que les hubiera cabido una evangelización profunda a los conquistadores del desierto más que a los mismos aborígenes. De todos modos en estas quizás mal llamada “campañas” o “conquistas”, hubo innumerables muestras de valor en destacados sacerdotes y congregaciones de religiosos como los salesianos, quienes en la segunda campaña se oponían con gran decisión y energía, muchas veces poniendo su propia vida de por medio para defender al aborigen ante las crueldades de los soldados, el asesinato, y el desmembramiento de la familia india; por lo que en muchos caso obraban como moderadores del mismo ejército impidiendo estas maldades y atropellos despiadados.

    Sin lugar a duda también que, más allá de esos lamentables  excesos, aquella conquista del desierto tuvo aristas positivas -como la ya mencionada- en relación a la amenaza constante de invasiones indígenas sobre poblaciones argentinas; también fue positivo avanzar sobre la consolidación de nuestra soberanía en territorios pocos poblados en el sur argentino donde muchas tribus indígenas comercializaban peligrosamente tropas de ganado con hacendados chilenos; pero también es indudable que queda un vacío muy profundo en relación al método usado con el cual se trató de exterminar la población indígena, poniendo en práctica el desmembramiento y la crueldad.

     A pesar de sobrarnos territorios, no se trató de incorporar al aborigen en reservaciones, induciéndolos para que conformaran colonias productivas para así realmente conquistarlo y educarlo a un sistema nacional, al contrario, de manera artera y soberbia se lo echó de su tierra con la terrible consecuencia que grandes extensiones de aquel mismo territorio en muy poco tiempo pasaron a manos de grandes terratenientes y empresas extranjeras y en muchas de sus estancias aún en nuestros días  flamean banderas que no son exactamente la celeste y blanca que creó el General Belgrano.

   Hoy después de haber pasado más de un siglo nos debemos preguntar si aquellas empresas fueron verdaderas campañas y conquistas del desierto, o si realmente fueron campañas sin conquistas, donde se desmembraron pueblos aborígenes para dar lugar a otros intereses económicos que en muchos casos  poco pueden haber contribuido a la grandeza e integración nacional. Argentina realmente tenía y tiene territorio para que convivan y se amalgamen culturas nacionales inclusive la de los aborígenes echados injustamente de sus tierras, las que hubieran sido un ingrediente extraordinario para dar fortaleza a nuestra nacionalidad. Si hoy aquellos pueblos que hemos diezmado y perseguido estuvieran presentes e incorporados a nuestro acervo nacional nuestra soberanía territorial y económica sería más fuerte y protectora y nuestra conquista del desierto sería una realidad nacional y no una herida que nunca termina de cerrar.


Walter Bonetto
19 de julio de 2006
Diario PUNTAL ciudad de Río Cuarto
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