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miércoles, 24 de abril de 2013

Historia de Río Cuarto "Un médico resistido"

La salud pública de nuestra población no fue un objetivo   fácil de lograr. Si analizamos nuestra historia podemos encontrar  episodios que ahora  parecen insólitos, pero que en los tiempos de “La Villa de La Concepción” eran normales que ocurrieran. Uno de los mayores problemas que tropezaban los pobladores consistía en la ausencia de médicos, la escases de remedios y la carencia de hospitales, por lo tanto en materia de salud las tasas de mortalidad eran significativamente altas y el promedio de vida muy bajo comparado con los índices actuales.

    Todo fue una epopeya en tiempos muy difíciles en donde al repasar la historia se observa claramente que el estado se mostraba indiferente con la salud pública.  Esta conducta deja claramente sus huellas en nuestra ciudad, así podemos ver que el primer hospital fue logrado por la iniciativa y perseverancia  de un sacerdote misionero, Fray Quirico Porreca quien logra inaugurar el hospital de la caridad en el año 1877 ubicado en calle Cabrera donde luego funciona el Centro de Salud, y que era solamente para hombres. Casi medio siglo después de este primer hospital, en 1923,  abre las puertas La Maternidad Kowalk, la que fue  lograda por la contribución de la Señora Hortensia Gardey de Kowalk. La ampliación del Hospital de Caridad en 1922, que fue prácticamente un nuevo hospital, porque  se construye un edificio de dos plantas, majestuoso para aquella época y estaba  totalmente equipado con muebles y aparatos de cirugía. Esto fue una  obra de la señora Adelia María Arilaos de Olmos y fueron estas instituciones señeras que contribuyeron en despertar a la ciudad y su gente sobre los beneficios de una mejor calidad de vida vinculada con la medicina, dado que no todas las personas entendían por aquellos años las posibilidades de una salud mas adecuada.


    Así nos expresa en su libro “Historia de Río Cuarto” don Víctor Barrionuevo Imposti” (tomo 2 pág.199),  y lo publica Bonetto en sus “Fechas del Imperio”: “8 de febrero de 1850 Fue designado por el Gobernador de Córdoba al Dr. José Mario Luque, como Médico de Estado para que organice un Hospital Militar en el cuartel de la Villa de la Concepción”, se establecía que se  debía contar con una botica bien surtida con todos los remedios necesarios. Pasados unos meses el doctor organizó  todo lo conveniente y también habilitó  una sala para mujeres en el mismo cuartel que atendería dos días a la semana en horario determinado. El doctor trabajó con dos soldados voluntarios a quienes había formado como  enfermeros. Pero lamentablemente todo esto no funcionó y no porque el médico no se preocupara, todo lo contrario, de nada valió su entusiasmo y dedicación, fue tanto lo que estuvo resistido que el caso llegó al gobernador y al final el 30 de octubre de 1851  fue dado de baja el doctor José Mario Luque como Médico de Estado, dado que el Comandante de ese cuartel no quería saber nada con el facultativo y manifestaba a todas voces  que “se curaban más fácil sus soldados y oficiales con la intervenciones de curanderos y remedios naturales de yerbas medicinales del campo, los que eran más baratos y efectivos que los remedios de boticas recetados por el doctor,  que eran muy caros. Además sus oficiales y soldados temblaban (de miedo o desconfianza) cuando el doctor los atendía”. El Gobernador trata de persuadirlo al Jefe militar sobre el planteamiento, pero no hubo caso y el médico cansado de los problemas con el jefe militar tuvo que renunciar.

1 de marzo 2013

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miércoles, 18 de abril de 2012

La Ciudad de Río Cuarto y los golpes militares

Hay muchos aspectos en nuestra vida institucional que preocupan sobremanera porque no siempre se los desea ver a la luz de la verdad; si así fuera, sectores influidos por sectarismos políticos se verían obligados a cambiar o moderar el discurso, lo que no están dispuestos a hacer.
La Argentina ha sufrido muchos avatares debido a la mezquindad y la ambición desmedida de funcionarios y gobernantes, con el resultado de muchos años de decadencia en un país potencialmente rico, pero lamentablemente sin objetivos trascendentes, sin planeamiento a largo plazo, sin confianza en las clases dirigentes. 
Con toda esta mediocridad política ya demostrada en nuestra historia de nación, es  necesario mantener la memoria viva de los acontecimientos que se repitieron en nuestra patria y afectaron a nuestras instituciones. Cuando esto no ocurre se van desdibujando situaciones y se termina no mirando la fotografía completa de los hechos sucedidos. Y muchas generaciones de jóvenes no comprenden lo que verdaderamente ocurrió.
Uno de los problemas medulares de nuestra decadencia fueron los golpes de Estado que se sucedieron a partir de 1930, año del derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen. Mientras los cadetes del Colegio Militar desfilaban por la Avenida de Mayo hacia la Casa de Gobierno, miles de ciudadanos los aplaudían con mucho fervor. Incauto el pueblo… ¿no sabía que iban a romper la república?
La caída de Yrigoyen fue el punto de partida de medio siglo de golpismo, consolidó a una sociedad dividida en el orden interno y mal vista en el mundo entero. Veinticinco años después de aquel funesto acontecimiento llega otro terremoto, la “Revolución Libertadora”,  que en definitiva más que libertad trajo más decadencia, desencuentros y odios en la sociedad. Esta revolución se gesta en gran medida en la ciudad de Río Cuarto, desde donde el general Videla Balaguer, entonces comandante de la Cuarta Región Militar con asiento en esta ciudad —oficial que había recibido la medalla peronista pero no dudó en traicionar a Perón—, trabajó para organizar el golpe de Estado. Después del vergonzoso bombardeo a la Plaza de Mayo, incluida la Casa Rosada, con centenares de muertes a ciudadanos indefensos mayores y niños, esta revolución tuvo “éxito”.  
Pero el general Balaguer no estaba solo, al contrario, muy bien acompañado, no solamente de hombres de las Fuerzas Armadas. Muchos ciudadanos e instituciones apoyaban decididamente aquel golpe y festejaron el “triunfo”. El 21 de septiembre de 1955 a las 10.00, los estudiantes riocuartenses adherentes de la revolución hicieron oficiar una misa en la Iglesia Catedral para rendir homenaje a los soldados y civiles caídos en la lucha fratricida,  “mártires de la gesta libertadora”; luego colocaron una ofrenda floral al pie del monumento del general San Martín y suspendieron los festejos previstos de la primavera y del día del estudiante. 
    El 1 de octubre siguiente se festejaba con emoción en Río Cuarto el “Día de los Vencedores”, para honrar al ahora Interventor Federal de la Provincia, general Dalmiro Videla Balaguer. La ciudad se había convertido en sede del gobierno provincial. El acto central se desarrolló frente a la Iglesia Catedral con la celebración de un Tedeum de Acción de Gracias. Cuando la comitiva llegó a la calle San Martín con destino a la Plaza Roca, estas arterias ofrecían un aspecto multitudinario; gran cantidad de personas emocionadas por los “logros revolucionarios” se habían concentrado para vivar fervorosamente a la Patria y al general Balaguer, agitando pañuelos blancos mientras repicaban las campanas de la iglesia.
     Unos días después, el 15 de octubre de 1955, la  “Comisión del Magisterio” de la ciudad de Río Cuarto invitaba a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, a los colegas y a toda la ciudadanía a participar de los actos en homenaje a los “Héroes de la Revolución Libertadora”: otra misa en la Catedral, ofrendas florales y alocución de los organizadores. Fue masiva la concurrencia de público. 
Luego de otros golpes militares, llegamos al más desgraciado, el de 1976, caótico para la república y la patria. Aunque por aquel año grandes intelectuales, referentes nacionales, políticos, gremialistas, empresarios, se mostraban  felices por el arribo de la junta militar. También en nuestra ciudad miles de personas se mostraban complacientes con el gobierno de facto y lo aplaudían en silencio. 
Así fue como en 1978 una comitiva de dirigentes locales viajó a Buenos Aires con el propósito de invitar con insistencia al almirante Emilio Massera a que visitara la ciudad. Fueron muchas las instituciones, empresas y ciudadanos que se mostraban felices por su arribo y adherían a la visita del miembro de la junta militar a través de la prensa. En 1980 el presidente Jorge Rafael Videla era ovacionado por miles de riocuartenses que lo aplaudían y admiraban. Muchas instituciones públicas y privadas lo acompañaron en su visita, sólo la Sociedad Rural y la Comisión de Amigos no adhirieron. 
    Hoy parece que han sido las fuerzas armadas las dueñas absolutas de estas vergüenzas nacionales que condenaron nuestro porvenir, pero gran parte de las instituciones intermedias y la ciudadanía en general fomentaron esta calamidad. Por supuesto, las Fuerzas Armadas no siguieron el ejemplo sanmartiniano y arrebataron lo que no les correspondía, pisotearon la república, y se convirtieron en los sepultureros de la nación. Pero no por eso debe quedar en el olvido que gran parte del pueblo argentino y las instituciones intermedias fueron cómplices en estas vergüenzas nacionales.
    Hay un cono de sombra sobre tantas instituciones y ciudadanos: políticos, gremialistas, periodistas, profesionales, empresarios que alentaron los golpes de Estado en la Argentina. También preocupa observar cómo se deja pasar de largo de manera indiferente y “disimulada” la acción terrorista que fue el detonador del golpe del 76. 
    Para que la Argentina crezca como república, la memoria debe comprender todos los aspectos de lo ocurrido. Porque hoy, da la sensación de que es parcial, y si es parcial no es justa.

Walter Bonetto
Diario PUNTAL 18 de abril de 2012
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miércoles, 7 de mayo de 2008

La batalla de Río Cuarto (Año 1831)


Es indudable que nuestra ciudad atesora en su rica historia un protagonismo muchas veces ignorado como desconocido, o en lo mejor de los casos algo olvidado por las generaciones actuales y las no tan actuales. De todos modos la historia de nuestra ciudad y su región tiene acontecimientos y características de hechos muy definitorios que fueron marcando su destino. La formación de la “Villa de la Concepción” (en honor a la virgen inmaculada) creada por el Marques de Sobrenombre, originalmente como un pueblo, el 11 de noviembre de 1786, sobre la base de un reducido grupo de habitantes compuestos aproximadamente de 30 familias que provenían de estancias aledañas, fueron dando forma a esta nueva y precaria población del desierto, quienes día a día jugaban su destino por aquellos tiempos muy incierto y de espectacular crudeza y soledad, en el medio de una pampa cruel e indómita. Basta leer el canto épico del músico y coplista riocuartense don Jorge Torres Velez denominado “Villa Heroica”; el cual describe en pocas estrofas muy objetivamente la realidad de aquellos días de ser habitante de la Villa. Así fue como la lucha contra el indio; la instalación de los fortines; más tarde la Comandancia de la Frontera Sur; y también las guerras civiles que se protagonizaban en la república, le fueron definiendo a esta sufrida población un lugar algo estratégico en la inmensidad de la pampa en donde se fueron dando acontecimientos históricos de nuestra vida local y regional de significativa importancia.

Un eslabón importante en la historia tremenda y desgarradora de nuestra ciudad, ocurrió en el año 1831, cuando a partir del día 5 de marzo Facundo Quiroga invadió con sus milicias la misma, en donde luego de tres días de combate hizo prisioneros alrededor de cuatrocientos ciudadanos, quienes protagonizan un doloroso y desgarrador calvario muchos de ellos hasta su muerte. Por aquellos tiempos la “Villa de la Concepción” se encontraba en total decadencia poblacional, había perdido la mitad de sus habitantes por éxodo de los mismos, consecuencia de las guerras civiles y de los constantes ataques de malones y no contaba con mas de mil almas. El país estaba dividido por unitarios y federales. Quiroga asechaba a toda Córdoba pero no podía laurear sus hazañas, dado que el General José María Paz ya lo había derrotado primero en la batalla de La Tablada y luego en la de Oncativo, en los campos de Laguna Larga. De esta ultima batalla, el ambicioso caudillo riojano logra milagrosamente ponerse en fuga por un error estratégico cometido por su perseguidor, el coronel Echeverría quien por orden del general Paz estaba detrás de sus pasos con la consigna terminante de perseguirlo y atraparlo.

Se organiza Quiroga

Ante la derrota de Oncativo, Quiroga junto con un maltrecho componente de sus milicias, se precipitaba casi desesperadamente rumbo a Buenos Aires, como único punto de salvación de lo poco que le quedaba de su derrotado y andrajoso ejercito, y además, para salvar su propio pellejo. Con esta escapada el caudillo riojano no hacia otra cosa que buscar el amparo del gobierno de Rosas, quien no duda en salir a su encuentro para protegerlo y recibirlo como “un vencedor” y darle total apoyo, para que luego rearmase su ejercito en gran parte con hombres librados de las cárceles. De esta manera se le posibilitó retomar a las aspiraciones guerreras del caudillo, quien se encontraba con mucha sed de venganza por las amargas derrotas en tierras cordobesas.

El 13 de febrero de 1831 parte nuevamente Quiroga con sus milicias recompuestas hacia Córdoba, con el propósito de alcanzar a la ciudad de Mendoza que pretendía ser el destino final de esta nueva cruzada. El Jefe de la Frontera sur con sede en Río Cuarto Comandante Juan Gualberto Echeverría sabiendo del paso de Quiroga con su ejercito, hizo levantar todos los fortines despojando de los mismos lo que podría usar el enemigo, como armas, caballos y alimentos, para luego concentrar todos sus efectivos en la Comandancia General de Río Cuarto, en donde se concentraba la gran defensa de la ciudad apoyada accidentalmente por el Coronel Pringles, quien junto a una milicia de cien hombres se dirigían hacia San Luis , los que también sumaron sus fuerzas en contra de Quiroga al que si bien lo consideraban una amenaza , calculaban que no se atrevería entrar en Río Cuarto y atacarla en virtud que sus planes eran otros.
Ante  la derrota de Oncativo, Quiroga junto con un maltrecho componente de sus milicias, se precipitaba casi desesperadamente  rumbo a Buenos Aires, como único punto de salvación de lo poco que le quedaba de su derrotado y andrajoso ejercito, y además, para salvar  su propio pellejo. Con esta escapada  el  caudillo riojano no hacia otra cosa que  buscar el amparo del gobierno  de Rosas, quien no duda  en salir a su encuentro para protegerlo y recibirlo como “un vencedor” y darle total apoyo, para que luego rearmase su ejercito en gran parte con hombres librados de las cárceles. De  esta manera se le posibilitó retomar  a las aspiraciones  guerreras del caudillo, quien se encontraba con mucha sed de venganza por las amargas derrotas en tierras cordobesas.

El 13 de febrero de 1831 parte nuevamente Quiroga con sus milicias recompuestas hacia Córdoba, con el propósito de alcanzar a la ciudad de Mendoza que pretendía ser el destino final de esta nueva cruzada. El Jefe de la Frontera sur con sede en Río Cuarto  Comandante Juan  Gualberto Echeverría sabiendo del paso de Quiroga con su ejercito, hizo levantar todos los fortines despojando de los mismos lo que podría usar el enemigo, como armas, caballos y alimentos, para luego concentrar todos sus efectivos en  la Comandancia General de Río Cuarto, en donde se concentraba la gran defensa de la ciudad apoyada accidentalmente por el  Coronel Pringles, quien junto a una milicia de cien hombres se dirigían hacia San Luis , los que también  sumaron sus fuerzas en contra de Quiroga al que si bien lo consideraban una amenaza , calculaban que no se atrevería entrar en  Río Cuarto y atacarla en virtud que sus planes eran otros.

Se preparan las defensas de la Villa

De todos modos las medidas de prevención se tomaron al extremo para la defensa de la ciudad ante la amenaza de una posible invasión, se trabajo con premura y desesperación para crear defensas y fortificar las entradas a la villa para lo cual se cerraron calles, se cavaron trincheras, se instalaron las mejores armas que se habían reunidos de los fortines aledaños en los lugares estratégicos y se reforzó toda la vigilancia y exploración para observar el paso del ejercito federal de Rosas y se instruyo a la población sobre las medidas a tomar ante  un posible e eminente  ataque, quedando así la ciudad convertida en un campo atrincherado, donde en su interior se dejaron encerradas además de la población con su tremenda angustia, toda la hacienda y la caballada que se pudo reunir. Así fue como hace 174 años se preparaba la Villa de la Concepción del Río Cuarto, para hacer frente y soportar el mas grave ataque que sufrió en su historia producto de las desavenencias políticas que provocaban las guerras civiles las cuales dividían  a los argentinos.

La primera escaramuza de combate se dio sobre el río en las costas en San Bernardo, muy cerca de la localidad de Reducción donde Quiroga mide sus primeras armas con una patrulla de defensores que correspondían a una partida de exploradores y al vencer los mismos, toma finalmente la decisión de invadir la Ciudad.  Echeverría  y sus tropas en principio esperaron a Quiroga fuera de la ciudad con todo el ejercito formado,  pero cuando vio el numeroso ejercito de Quiroga, el defensor de la Villa, cambio la estrategia de presentar batalla y trato de evitar el gran combate para dedicarse  a consolidar la defensa  tomando posición en el interior de la misma con todos sus soldados para no permitir el ingreso de los federales.

Quiroga se envalentono  al ver el cambio de estrategia del Coronel Echeverría. También repaso la suya, y lanzo una instigación constante con grupos reducidos de manera simultanea por distintos flancos al mismo tiempo,  para así explorar cada lugar y encontrar el punto débil para lanzar el asalto y penetrar la plaza, la cual ahora se había convertido en su  inamovible objetivo de ataque e invasión, mientras que  en la ciudad se vivían horas de dramatismo y desesperada angustia por parte de sus pobladores. El hostigamiento se tornaba constante y cada vez mas violento de todos modos Quiroga no lograba su objetivo tan fácilmente como lo había calculado por la férrea y sostenida defensa de parte de Echeverría y sus tropas.

El precio de una traición

Los invasores, luego de dos días de constantes instigaciones y ataques no lograban consolidar una posición y menos penetrar la ciudad la cual mostraba una aguerrida e infranqueable defensa. Ante esta situación Quiroga llega poner en duda la continuidad de su objetivo pensando continuar camino a Cuyo hacia donde se dirigía y olvidarse  del asalto del asalto a la Villa, que para él “había sido un trabajito de paso”, porque como ya fuera mencionado, no estaba en sus planes y creía que resultaría mas simple . Pero al final la suerte cambio y marcó el destino de condena a los habitantes y defensores de Río Cuarto, en virtud de una lamentable y vergonzosa  deserción de un oficial de Echeverría hacia las fuerzas enemigas, la cual se la consideró como una traición, producida cuando el Sargento Mayor Prudencio Torres y su asistente se pasaron las fuerzas enemigas y le entregan la información a Quiroga de que los defensores carecían de municiones para sus armas, encontrándose al limite de las mismas, además de precisar sobre los puntos mas débiles de la defensa y le dar la información exacta del numero de oficiales y  soldados  conque Echeverría disponía; informando también del estado de desesperación y miedo en que se encontraban la población.

El asalto final

Con esta información Quiroga se hace muy fuerte y ahora continua de manera implacable su hostigamiento con una guerrilla de desgaste  para lograr agotar las pocas municiones de los defensores. Ante esta dramática situación  los Coroneles Echeverría y Pringles,  ya sin armas para la defensa  salieron de la Villa con mas de doscientos hombres, con el fin de atraer hacia ellos  a los invasores, pensando que lograrían el fin del hostigamiento, pero se equivocaron y esta estrategia no fue lograda, porque no salió todo el ejercito invasor a perseguir los defensores. Solamente un escuadrón  efectuó  la persecución, mientras que el grueso del ejército de Quiroga siguió sitiando y hostigando a la Villa de la Concepción,  ahora con mayor contundencia y severidad. Con este ejército dispersado, las ahora pocas defensas de la ciudad y sin armas de fuego, Quiroga vibra de entusiasmo y no duda en ordenar el asalto de Río cuarto el día 7 de marzo del año 1831  a las 10 de la mañana.

La desesperada pero tensa defensa estaba ahora a cargo de un vecino que en esos momentos comandaba las milicias, don Mariano Arguello, quien junto a sus hombres luchó con excepcional valor y coraje, hasta agotar el último cartucho de los pocos que le quedaban, para defender lo que realmente era indefendible en esos momentos, quienes debían  soportar el tenaz ataque del ejército de Quiroga por los cuatro costados de la población, los que se abrían paso montados en briosos, enfurecidos y castigados caballos, penetrando con total brutalidad a la Villa hasta lograr la total rendición de los riocuartense, para luego de manera inmediata iniciar también un brutal y despiadado saqueo domiciliario y violaciones a una población indefensa con los restos de un pequeño ejército vencido y ahora prisionero del invasor, quien lo trataría con total crueldad.

Saqueos  violaciones y prisioneros encadenados

Los momentos posterior a la batalla y a la rendición fueron de fatalidad para los pobladores de Río Cuarto, en virtud de que era norma autorizada a los soldados por los “contratos de enganche” saquear y abusar de la propiedad privada una ves conquistada la plaza, haciendo de este modo “un festín de guerra” en donde la barbarie era la norma,  y no debemos olvidar que gran parte del ejercito de Quiroga había sido formado por delincuentes y asesinos “rescatados” de las cárceles de Buenos Aires. Junto a los saqueos a las violaciones de la propiedad y de las personas se tomaron prisioneros a 23 oficiales, 18 sargentos, 18 cabos y 350 soldados, como así también un considerable numero de civiles entre ellos el sacerdote de la ciudad quien también fue tremendamente martirizado brutalmente.

Dejando una población doliente y destrozada por los horrores de una invasión despiadada, donde por todo el desierto de la pampa se oía el tremendo desesperado llanto y se observaba el miedo y terror de tantas mujeres  violadas y muchos niños huérfanos, como de personas -de distintos sexos y edades- moribundas y asesinadas tiradas en las  guadalozas calles  de la ahora triste Villa, la que inexorablemente se había convertido en un campo de batalla  y de saqueo. Al final, el día 12 de marzo Quiroga con su “victorioso ejercito” parte rumbo a Cuyo, llevando como “botín de guerra” a una parte de la población y el resto de un ejército vencido, formando penosas  columnas a pie con seres humanos encadenados en un tortuoso y desesperado camino de horror y muerte, sin importar heridas ni el frío, ni las enfermedades y menos el dolor de las cadenas. Luego de varios días de marcha y de muchas personas muertas en el difícil trayecto, termina usando exclusivamente parte de los soldados y cabos para incorporarlos al Regimiento de Auxiliares de los Andes.

En esta penosa cruel y tortuosa marcha los “Prisioneros de Río Cuarto” llegan a San Luis caminando en donde algunos obtienen la libertad, el resto continua hacia Mendoza, en aquella ciudad termina liberando algunos y fusilando injustamente a otros, lo que obraba Quiroga según su animo  del momento, disponiendo a su antojo y como absoluto juez, de la vida o de la muerte de quienes consideraba sus enemigos.

Por Walter Bonetto
Diario Puntal 
7 de mayo de 2008

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martes, 30 de octubre de 2007

El viejo tránsito de La Concepción


Nunca fue fácil el tránsito de la ciudad de Río cuarto, tampoco lo es por estos días, pero repasando la historia este problema es de vieja data y dio muchos dolores de cabeza a las autoridades casi en todos los tiempos. En el año 1881, durante el segundo mandato de don Ambrosio Olmos como Presidente Comunal, se había emitido la “Ordenanza de Carretas” la que regulaba dicho tránsito, en virtud  de que el viejo estacionamiento o plaza que ellas ocupaban, funcionó en La Concepción por más de 80 años ubicado en el lugar que ahora está la municipalidad;  este espacio   debía ser desalojado para construirse el “Primer Mercado de Río Cuarto”, el ya demolido “Mercado Progreso”. Aquella vieja ordenanza  pretendía poner orden al tránsito de las carretas, alejando del centro el estacionamiento de las mismas y prohibiendo su circulación  a menos de dos cuadras de la Plaza de La Concepción, debiendo estacionar  las que transitaban el “Carril de los Chilenos” sobre  un baldío existente entre la Avenida Italia y calle Sobremonte, al norte de los cuarteles.  Las carretas que venían por la “Carrera de Lima”  se debían ubicar en el sitio llamado   “Bajo del Arroyo”. De esta manera se descongestionaba el tránsito de la ciudad y se sacaron las carretas del centro.

Otro aspecto que exigía también organizar el transito fue el funcionamiento de los tranvías a caballo a partir del año 1881, lo cual fue motivo de importantes riesgos, así podemos encontrar en nuestra historia que la señora Liboria Romero el 8 de septiembre de 1886 fue atropellada  por un tranvía, causándole contundentes heridas    que le producen su muerte. Fue también en el año 1890 en que el intendente don Andrés Terzaga y con la aprobación del Concejo Deliberante establecieron “La Ordenanza de Marras”, que tenía como finalidad prevenir y reglamentar todos los movimientos de los vehículos, con el fin de evitar numerosos choques que se producían entre ellos.  Por aquel entonces la ciudad  contaba con unos 10.000 habitantes, lo que era  significativamente populosa, especialmente por la concentración de personas en el radio céntrico, lugar que se encontraban los principales comercios, los cuales no atendían solamente  a los habitantes locales, también  recibían gran cantidad de personas que usando el ferrocarril,  venían de los pueblos vecinos para hacer compras de alimentos, ropas, repuestos agrícolas; consultas médicas, y tantas cosas más que en sus localidades no conseguían.

Todo el transporte urbano por aquellos años era tracción a sangre; las calles de Río Cuarto  se llenaban de sulkis, carros, volantas, chatas, galeras, birlochos, breaks, vagonetas, personas a caballo;  esto era un conjunto de tránsito muy intenso y desordenado que complicaba andar por el centro; además se producían constantes accidentes con estos vehículos y no faltaban conductores imprudentes, que pretendían andar a toda carrera por las calles, mientras que otros, hacían rodar sus carros pisando sobre las mismas veredas para adelantarse  más rápido.   Reglamentar   este caudal de transito no era sencillo, fundamentalmente por la imprudencia de los conductores, es que  en general a nadie le gustaba respetar las reglas que la municipalidad trataba de imponer.

La plaza Roca era el lugar de mayor concentración y por ende de múltiples accidentes entre estos medios de movilidad, y cuando la misma ya no estaba alambrada, solían aparecer caballos espantados y desbocados, los cuales se habían escapado de las varas de su carro y terminaban apareciendo como buscando refugio en el medio de los jardines del paseo, inclusive con sus arneses de tiro; sumado a todo esto, la suciedad que provocaban los animales, hacían que cada calle contara con su importante dosis de estiércol  que debía ser recogido constantemente, caso contrario el olor espesaba la atmosfera. Así es como el tema del tránsito era  motivo de gran preocupación. La citada ordenanza tenía como finalidad prevenir y reglamentar todos los movimientos de los vehículos y controlar sus desplazamientos con el fin de evitar los choques que se producían entre ellos.

De lo accidentes producidos, narra el escritor local Chañilao, en su obra “Nace un Imperio”: que una Break de una cochería local dio un gran susto a sus pasajeras al tomar trote sus caballos y al desprenderse una rueda, las damas quedaron desparramadas por el medio de la calle; si bien el accidente no fue de gravedad, el mal momento y el susto de las pobres mujeres fue mayúsculo.  Los choques de carruaje eran  frecuentes, especialmente en los cruces de calles dado que por aquellos años la mayoría de las esquinas no tenían ochavas, terminando en ángulo recto lo que dificultaba ver lo que venía en la calle transversal. Para subsanar esta manera de construcción, el Concejo Deliberante emitió un decreto en que todas las esquinas debían llevar ochavas de cuatro varas de fachada.

La situación  del tránsito se complicaría más con el tiempo, en los primeros años del 1900 ya comienzan andar por la ciudad los primeros coches con motor y es así como en 16 de enero de 1906  la municipalidad otorga la primera patente de automóvil y esto traía aparejado que por la mismas calles que transitaba todo el tráfico a caballo, debería también hacerlo el  de motor; mientras que los ruidos del andar de estos nuevos vehículos, sus bocinas y su marcha, entre los carros a caballos, no era tan sencillo ni funcional.

En el año 1909  se establece la primera ordenanza que fijaba una velocidad máxima de 15 km por hora para cualquier vehículo motorizado y  si bien ya habían existido accidentes por las calles de la ciudad, el día 5 de diciembre de 1914 se produce la primer fatalidad, cuando  el automóvil conducido por Agustín Ojeda en la intercepción de las esquinas General Paz y Vélez Sarsfield,  atropella a la señora Catalina Gardey de Etchecahar, provocándole la muerte de manera instantánea.

Así vemos que siempre el tráfico de nuestra ciudad fue motivo de preocupación y nunca fue fácil ordenarlo correctamente; de todos modos fue y seguirá siendo lo que permite que la ciudad logre su crecimiento y que el hombre desarrolle su vida de la manera más ágil y cómoda posible, aunque nunca estará exento que tenga normas actualizadas y rigurosas que lo controlen y que permitan lograr  una correcta educación vial cosa que aún lo riocuartenses no hemos logrado.


Walter Bonetto
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