miércoles, 13 de febrero de 2013

El Caminante (fragmento)


...nuestras manos derechas se apretaron como para dejarnos mutuamente un último adiós; al final, Miguelito volvió sobre sus pasos de regreso a la misión; yo, al camino. La mochila se ponía pesada, muy pesada. Mi rumbo era el norte. Planifiqué llegar a Tucumán, después Salta y Jujuy.

Continué por el costado de la ruta, maravillado por el entusiasmo de Negro, (mi perrito compañero) hablándole y sintiendo que me entendía. La Ruta 9 me seguiría llevando hacia las entrañas del norte argentino. Los días eran más cálidos y largos, lo que me obligaba a cargar con más agua. El calor insoportable me obligaba a parar para descansar cerca del mediodía. Por un tiempo anduve con muchos intervalos y penurias, parando en las localidades que encontraba en la ruta, cuando no había una población, lo hacía en soledad. Tras caminar cinco días, llegué a la ciudad de Santiago del Estero, también con un calor muy intenso. Extremadamente cansado recorrí unas calles hasta que me instalé por una noche en un parque central.

Después de pasar la noche, continúe mi ruta hacia la ciudad de Río Hondo. Una vez que llegué, pensé en quedarme unos días para descansar, ya que mis pies estaban nuevamente llenos de ampollas y me costaba caminar. Busqué un lugar donde hospedarme. La mayoría de hosterías y alojamientos estaban cerrados, fuera de temporada. Luego de mucho andar, y con no pocas dificultades, encontré un hospedaje que me admitió con mi perro siempre que lo mantuviera en el patio trasero y que no molestara. En este lugar descansé cuatro días para después continuar caminando hacia San Miguel de Tucumán.

Sobre la ruta cada tanto encontraba puestos de venta de artesanías de la región. Vi de todo: desde los que ofrecen sandías, melones, duraznos, higos, tunas, tejidos, tapices hilados a mano, hasta tortuguitas del monte que los niños ofrecen con las manos en alto para llamar la atención de los turistas. Un atardecer paré al lado de uno de los puestos, compré unas tunas y pregunté cómo se comían. El niño tomó un cuchillo y un tenedor y me mostró cómo pelarla.

—Es muy fácil, señor, son muy nutritivas y jugosas.

Me gustaron, pero me molestaba que tuvieran tantas semillas.

—No se preocupe, también se comen.

—Bueno, gracias. ¿Ustedes las cultivan?

—No, señor, están en el monte. Son esas plantas que usted ve en el campo de hojas muy anchas y espinudas. Nosotros las juntamos, pero para juntarlas nos llenamos de espinas y hay que tener cuidado porque entre los tunales hay víboras venenosas.

—¿Y cómo andan tus ventas?

—Ahora se vende poco, pero de vez en cuando alguien para. 

—Claro.

—Qué bonito perrito tiene, pero tenga cuidado; acá hay muchas víboras y a los perros bicheros los pican y los matan.

—¿Y entonces, qué tengo que hacer?

—No lo deje que olfatee por el pasto entre los árboles porque cuando levante una víbora se lo va a matar. Yo lo sé porque perdí dos perritos por mordeduras de serpientes y terminan con una muerte horrible los pobres.

—Gracias por tu advertencia, no sabía de este peligro. 

No lo demostré, pero quedé asustado. Negro ahora tendría que caminar con menos libertad, atado con la correa.

Con el calor norteño, la ruta era tremendamente pesada y el agotamiento físico me vencía. Yo sentía algunos temores, pero me acostumbraba. Sacaba valor no sé de dónde, superaba los miedos y descansaba placenteramente con la única y valiosa compañía de mi perro. 


Desde que salí de Río Hondo habían pasado tres días de caminata. Pensé seriamente hacer un cambio. Se me cruzó la idea de motorizarme. Muchas veces mi voluntad se veía acorralada por la tentación del abandono.

Mientras ese torbellino rondaba por mi mente, comencé a ver plantaciones de caña de azúcar, supuse que estaba llegando a San Miguel de Tucumán.

Iluso. Estaba muy cerca para un auto, pero no para hacer el recorrido a pie. El Jardín de la República no aparecía más, encima llovía y no veía un solo refugio. 


Luego de tres horas de caminata apresurada, empapado hasta los huesos, ya casi en penumbras, encontré unas casitas de adobe alineadas al costado del camino. Me acerqué a una de ellas y pedí hablar con los padres de los niños que jugaban por ahí. Uno fue corriendo hacia la casa, mientras se me acercaban como cinco perros flacos que me ladraban, me olían y querían atropellar a mi Negro, al que tenía fuertemente de mi mano con la correa y lo escuchaba gruñir. En un momento apareció una señora vestida con ropas muy humildes. La saludé, le dije que venía caminando desde Santiago del Estero y le pregunté si podía armar la carpa en ese sector para pasar hay la noche. La timidez de la mujer y la insistencia en que el marido no había llegado del trabajo ponían en duda mi permanencia.

Mientras estaba saludando a la mujer pensando en no comprometerla y para despedirme, se presentó un hombre joven con ropas de trabajo y me estrechó su mano. Ella le comentó de mi petición y él me dejó que armara la carpa donde quisiera y se disculpó porque no podían darme comodidades. Los vi pobres, me acordé de lo que me decía Miguelito en cuanto a la explotación en el norte argentino. 

Fui a la bomba de agua y me lavé como pude. Volvía a la carpa, al momento observe que bajo la tenue llovizna venia dos niños con un plato entre sus manos.

—¿Para quién es esto?

—Se lo mandan mi papá y mi mamá, son para usted.

El hombre se asomó a la puerta y me pidió que aceptara las tortitas calientes y que si lo deseaba pasara un momento a su casa 

Me di cuenta de que no podía despreciar la hospitalidad del hombre, así que luego de deleitarme con una torta y darle otra a Negro me dirigí a la casa.


—Pase, pase, amigo. Es un placer recibirlo. Mire que somos muy pobres, pero gracias por venir.

—No se preocupe por su pobreza; ustedes son gente muy hospitalaria y eso vale mucho.

La mujer estaba cocinando sobre un fogón en la esquina de la pequeña habitación, que se contaminaba de olor a humo y grasa y se iluminaba con unas velas. Desde la cocina se veían otras piezas sin puertas, también hundidas bajo el nivel del suelo, con pisos de tierra, paredes de caña y catres de palos. 

La señora hacia tortas fritas con una masa de harina, agua y sal, que luego de amasarlas sobre una tabla las estiraba con una botella para después freírlas en una cacerola.

Me sirvieron varias; algunas eran saladas, otras dulces, porque las mezclaba con jugo de caña, pero todas resultaron apetecibles. 

Estaba comiendo en un banquito endeble en una casa muy precaria junto a una familia que no conocía. Sentía en ese momento en mi pecho palpitar la humildad de la pobreza del lugar, lo que era una experiencia singular e interesante. Era una dimensión distinta; era una situación encontrada por el destino de caminar; era una vivencia nueva para mí que tenía que dejarme algún mensaje. Ellos me habían invitado y yo –a pesar de mi terrible cansancio– no quería desaprovechar la oportunidad de compartir ese singular momento de mi vida, por lo cual elogié las tortas fritas y pregunté:

—¿Qué tal la vida acá en Tucumán?

—Para nosotros es de mucha pobreza.

—¿Y en qué trabaja?

—¡En lo único que sé hacer! Soy cañero de toda la vida y también pico leña en el monte. Pero es una vida miserable y mal paga, cada vez ganamos menos los cañeros de brazos… ahora con las máquinas.

—¿Nunca le interesó prepararse para hacer otros trabajos o tener otro oficio?

—No, amigo. Mis padres me criaron aquí, en esta tierra, entre el monte y las cañas, siempre con un machete talando cañas con las manos ampolladas.

—¿No fue a la escuela?

—No. No me gustaba, pero algo aprendí a leer… y sé firmar.

—¿Y a sus chicos los manda a la escuela? 

Me miró con asombro. Su mujer también me miraba mientras tenía levantada una torta pinchada con un tenedor para que se escurriera el aceite al sacarla de la cacerola.

—Eso lo decidirán ellos cuando sean más grandes. A mi mujer le gusta que vayan a la escuela, pero a mí me parece que no vale la pena, a lo mejor un poquito para que aprendan a leer y a escribir y que se puedan defender.

Todo quedo en silencio, yo los miraba con serenidad y respeto, hasta que al final me anime y le insinúe:

—Creo que sería interesante que sus hijos puedan estudiar, así tendrán un mejor porvenir.

Después de oírme, el hombre me miró como asombrado, pensó un momento y luego me respondio:

—Es que mucho de los que estudiaron en este país roban siempre, como la mayoría de los políticos y los gobernantes se hacen ricos robando. Todos se hacen ricos en la política. 

Las fulgurosas llamas del fogón cambiaban constantemente de matices y producían resplandores que por momentos coloreaban los rostros de los cañeros y templaban la casucha casi en exceso, para terminar mezclándose con el humo y el olor algo agradable pero pesado de la fritura que hacia la mujer, mientras sacaba un jarrito de agua de un balde colgado de un tirante cerca del mismo fogón, para apaciguar el hervor de la pava ennegrecida por las llamas.

—¿Cuántos hijos tienen?

—Yo tengo cinco ahora con la Luisa. Pero ella tenía tres de antes, así que en total tenemos ocho chicos y hacerlos estudiar no podemos. La Mirtilla, que es la mayor, tiene diecisiete años, y el Peperín tiene catorce, y ellos son los que me ayudan a trabajar: van casi todos los días al cañaveral y cuando no hay cañas picamos leña en el monte.

—¿Y el menor?

—El menor toma la teta.

Ya era como la cuarta torta frita que comía. Estaban buenas. Pensaba en silencio lo que había leído en una oportunidad “en la mesa del pobre la cama suele ser muy fecunda”.

—Sírvase con otro mate para acompañarla –exclamó el amigo, rompiendo el intervalo y no me hice rogar, pero también aproveche para reiniciar el dialogo.

—Está bien de lo que me dijiste de los gobernantes y de los políticos; pero mira que no todos son ladrones.

—¡No, todos no! Ya lo sé, pero la gran mayoría son choros, son zánganos de esta nación, viven a costilla de los que trabajamos realmente y esa gran mayoría tiene estudio, fueron a la universidad, son doctores, pero roban igual. Son ladrones, constantemente estafan al Estado y casi nunca van a la cárcel, y si no por qué cree que este país tan rico esta sumergido en pobreza.

Mientras la niña más chica se había dormido en los brazos, el cañero me continuaba relatando sus peripecias de vida; me manifestaba su forma de pensar y de entender su realidad de la pobreza. Llegué a la conclusión de que eso era lo que el había conocido y por lo tanto era como su mundo, su tierra, su universo. Había nacido en esa pobreza, convivía con ella; sabía que su futuro era la pobreza y entendía también que sus hijos seguirían condenado a la misma situación, pero estaba como resignado a esa triste realidad. Me di cuenta que vivía sin esperanzas.

Agradecí con mucho afecto la recepción; no la podía prolongar más por el cansancio que tenía encima. Fui a mi carpa en silencio y angustiado. Pensaba en la difícil resignación del cañero. Pensaba en esos niños que no iban a la escuela. 

Tuve que pelear con Negro porque había tomado para él toda la colchoneta. Con muy pocas ganas cedió el lugar para terminar en su esquinita permitida. La lluvia golpeaba suavemente las paredes de la carpa sin que ingresara una sola gota de agua, lo que daba una sensación de abrigo y protección muy especial y cálida. 

Estaba cansado, pero no conciliaba el sueño. Sentía bronca, impotencia. Me daba cuenta de que a esta gente le faltaba educación básica para razonar con más amplitud. Su pobreza era como un pozo al que no llegaba luz. Este hombre trabajaba catorce horas por día, sin asistencia social y con un jornal miserable. Me acordé de lo que me había contado Miguelito.

Al amanecer me despertaron los pasos de personas que salían de sus chozas rumbo al trabajo. Unos a otros los cañeros se llamaban a viva voz; machete en mano y con una bolsita al hombro pisoteando el barro o esquivando charcos iban como amontonados rumbo al trabajo. También iban mujeres y algunos niños casi dormidos caminando con desaliento por detrás de sus padres. A todos les llamaba la atención mi carpa, me observaban con desconfianza, creo. Pasaban y pasaban –no sé de dónde salían–, pero no terminaban de pasar. 

Me levanté, le agradecí a la esposa del cañero por mi permanencia en el lugar y tuve que insistir para que aceptara la plata que le dejé.

—No, señor. ¡De ninguna manera! No le puedo aceptar ese dinero, si usted no me debe nada.

La mire a los ojos con suavidad e insistencia y le pedí nuevamente que aceptara el dinero.

—No se lo puedo aceptar, además mi marido se va ha enojar.

—Esta bien, señora; se lo quiero dejar de regalo para sus hijos. Por favor, no me lo desprecie, son solamente unas monedas.

No dijo nada la pobre mujer, pero al final ante mi insistencia mantuvo el dinero entre sus manos, quedando muy agradecida.

No me iba contento. ¿Qué culpa tenían esos niños de haber nacido en este lugar? ¿Por qué estaban condenados a vivir en el trabajo? Una vez más, el hombre y la injusticia. Aún sigo temiéndole al hombre. 

Caminé mucho. Fui costeando toda la ciudad por una circunvalación. Pasó por mi cabeza entrar para conocer la histórica Casa de la Independencia. Dejé de lado la idea: no me interesaba la independencia porque no la sentía en mi piel. Al contrario, con la pobreza que vi en los niños y en la gente, sentí que todavía existían esclavitud y condena.

A mi izquierda veía una ciudad importante, a mi derecha no me cansaba de ver casuchas con mucho pobrerío, con mucha miseria pegada en sus paredes y techos, como si la ciudad las expulsara. 

Como si la ciudad comprendiera que este pobrerío “compromete mi progreso” y empaña mi elegancia. Entonces, en la medida que estira sus arterias para crecer, va marginando, va como expulsando a los más humildes y pobres, quienes se van desparramado en terrenos bajos y muchas veces inundables, sin urbanización ni parques, ni plazas. Solamente casuchas llenas de basuras y yuyos, amontonadas sin ningún orden, con cartones destartalados y chapas negras por el herrumbre. Alambrados improvisados para separar en algo lo inseparable. Patios de tierra y barro llenos de pozos; cercos de caña y palos, ventanas chiquitas y desformadas tapadas muchas de ellas con telas improvisando cortinas andrajosas.

Perros, gatos, algunas gallinas en los patios, caballos flacos y carros destartalados, todo mezclado con niños descalzos y sucios. 

Caminaba como espantado, como asustado por esta realidad que observaba. Costaba asumirla, me costaba comprenderla y por supuesto aceptarla.

Pensando y reflexionando sobre esta realidad, se hacía largo el camino entre los dos mundos. El de los pobres y el de los ricos, el del hombre de la villa y el morador de la residencia. ¿Es que no alcanzan el trabajo, la educación, la salud para llegar a miles de seres humanos? ¿Por qué tantos pobres en un país rico?...




Walter Bonetto
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jueves, 7 de febrero de 2013

Opinión: Los escraches agreden a la República


    No es justo que se insulten gratuitamente a funcionarios del gobierno, como tampoco es justo que desde el gobierno se hostiguen públicamente a miembros de la oposición o a quienes piensan distinto como está ocurriendo en la actualidad. Las agresiones  tienen desastrosas consecuencias cargadas de hostilidad y vergüenza. Los malos momentos pasados  por la esposa y los hijos del viceministro de economía, Axel Kicilloff, en el Buquebús cuando regresaba a Buenos Aires desde Montevideo, en  donde fueron injustamente  maltratados con insultos y gritos,  están totalmente fuera de lugar y no hablan de un país serio ni del respeto a la democracia, por ende a la república. Todo lo contrario, hablan de ciudadanos  cargados de imprudencia e irresponsabilidad en actitudes casi patoteriles, lo que fue verdaderamente una injusticia.


    Más allá que se esté de acuerdo o no con algún funcionario  o con las acciones del gobierno, reclamar con atropello e intolerancia es totalmente condenable. Los ciudadanos de bien se manejan con parámetros de respeto y tolerancia y desde estos parámetros se puede reclamar con contundencia mostrándose en desacuerdo pero  sin agraviar ni desmerecer a nadie. Estos mismos conceptos deben ser aplicados por la prensa adicta al gobierno. Hecho que no siempre se observa, dado que “entre líneas” siempre está como hostigando  a  vapulear  a la oposición o a quienes piensan distinto, demostrando claramente su mediocridad periodística por la parcialidad de la información.  De esta mediocridad que en gran medida siembra discordia y zanja diferencias,  gran parte es responsable el mismo gobierno por querer controlar los medios que especialmente lo hace con las “pautas publicitarias”.  Lo mismo ocurre con muchos artistas reconocidos. En un caso de estos días pasados  se usó el escenario para hostigar a la Presidenta, cosa que es totalmente condenable; mientras que por el otro lado,   un famoso artista que desde el palco agrede al gobierno de la ciudad de Buenos Aires lo que también es vergonzoso, condenable y repudiable.

    El gobierno por medio de muchos funcionarios  pone el grito en el cielo y con justa razón sobre el artista que insultó a la figura presidencial,  pero nada dice del artista que insulta al gobierno de la ciudad, al contrario, queda la sensación de que “lo aplaude en silencio”. Ahora bien, el primero pidió disculpas públicas; el segundo aún no lo ha hecho y da  a entender que no lo piensa hacer, lo que indudablemente asume una actitud soberbia, arrogante y dictatorial, vergonzosa y peligrosa ante la época en que vivimos que tendría que ser de respeto y tolerancia, pero como está en el pensamiento del gobierno proceder de este modo, (condenar a quien piensa distinto) parece que está todo bien.

Realmente nada está bien, no se puede seguir con estas actuaciones inescrupulosas  e irresponsables. Es necesario bajar el nivel de agresividad  y aumentar  el respeto a esta república porque realmente  precisamos una sociedad más respetuosa, con gran voluntad de entendimiento y convivencia pero lamentablemente no la podemos lograr. Luchar por ideales con respeto no es otra cosa que asumir una convivencia sana. Los ciudadanos no deben insultar a sus gobernantes deben usar los métodos de la democracia para excluirlos de sus funciones en los tiempos de elecciones y por otro lados los gobernantes  también deben respetar a los ciudadanos, situación que no siempre se observa y es una verdadera lástima,  porque en lugar de resolver los problemas acuciantes de la nación  están dedicados a victimizarse tras los  escandaletes carnavalescos que no deberían ganar cuerpo.


Walter Bonetto
7 de febrero de 2013
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miércoles, 6 de febrero de 2013

Opinión: ¿Desaparece la colonia agropecuaria?




    La tecnología, el progreso, la sojización, la evolución desmedidas de los “seudosadelantos” que van a paso apresurado en contra del medioambiente degradando la calidad de vida; la extrema “profesionalidad” en el uso de la tierra, que en muchos casos  ocasiona imprudencias inadmisible porque no respetan conceptos básicos, todo hace pensar que nuestro país en el orden de su riqueza agropecuaria va camino a una crisis sin precedentes por el mal manejo de los recursos naturales  que de manera inconcebible el hombre está ocasionando inconsciente e irresponsablemente.
    Gran parte de esta involución se observa en el campo con su actual “esplendor de decadencia” y lo más lamentable de todo esto que el manejo del suelo en las zonas altamente productivas está en manos de “profesionales especializados en agricultura” que deberían asegurar un uso correcto de estas fuentes de la naturaleza, pero  sin embargo los errores que se están cometiendo son realmente preocupantes, entonces debemos reflexionar: ¿estudiamos tanto en las universidades para terminar directa o indirectamente, siendo cómplices de una destrucción sistemática? ¿Nadie planifica un país mejor en este aspecto? ¿Son tan insensibles los gobiernos que no se dan cuenta de estos males?
    El uso de agroquímicos en el tratamiento de los cultivos que son altamente dañinos para el medio ambiente; las siembras descontroladas sin importar el derribo despiadado de bosques naturales; la erosión del suelo por su mal uso; la modificación de la genética en cultivos intensivos; la desaparición de la chacra mixta como unidad productiva de gran importancia; la desaparición de la colonia agropecuaria, verdadero baluarte del progreso regional. Todo esto forma un conjunto de irregularidades preocupantes que no  se compadece con la  realidad que exige el adecuado uso de la tierra, en comparación con la  preparación y formación de profesionales formados para que nos ayuden a cuidar nuestro espacio, sumado a  gobiernos con total falta de políticas acertadas con proyección de futuro en el campo de la agricultura, brindan un horizonte de desesperanza y preocupación.
    Hay algo que no encaja con la necesidad de preservar la vida y de respetar el medio ambiente,  así es que al compararse los tiempos, uno observa claramente que medio siglo atrás la actividad agropecuaria era más respetuosa de la naturaleza. Se realizaba con un proceso más sacrificado y menos productivo, pero el medio ambiente no se dañaba como en la actualidad en donde ahora existen altas tecnologías y profesionales más preparados para el manejo de los suelos pero sin embargo  los resultados están siendo lamentables porque prima la alta producción a cualquier precio.
    Son muchos los intereses económicos que juegan en esta cancha: las presiones empresariales de grupos de oportunistas y en muchos casos de avivados que usan las siembras extensivas como gran negocio y no dudan en alcanzar su objetivo de cualquier manera. Son estos intereses  motivados por medidas desacertadas de distintos gobiernos que se suceden y no entienden el problema agropecuario de la nación los que terminaron generando una gran decadencia por falta de planificación y reglas claras que aun los gobernantes actuales siguen sin advertirla. Ahora los síntomas están a la vista es necesario observarlas y por sobre todas las cosas DESPERTAR.

Dentro de esos síntomas debemos entender: la desaparición de la chacra mixta que se  a extinguido casi en su totalidad como unidad productiva de variada diversidad. El abandono de miles de establecimientos agropecuarios que fueron convertidos en potreros de siembra con instalaciones deshabitadas y en ruinas.  Las colonias agropecuarias que ya no existen  y los chacareros están solamente en el recuerdo, los que quedan son una excepción. Estas entidades fueron el motor de todas nuestras riquezas y desarrollaron a este país sin semillas transgénicas, sin fertilizantes, sin pesticidas, y sin asesoramiento de profesionales agropecuarios. Aquellos colonos llevaron al país a un alto margen de rendimiento con la responsabilidad el trabajo y el sacrificio y con gran inteligencia. Fueron aquellos gringos chacareros los que provocaron en gran medida la mecanización del agro, como Drueta, Rotania, con sus máquinas cosechadoras  revolucionarias para la época, y tantos más. Algo fue  pasando  después, nos encandilamos por el adelanto y el progreso sin importarnos preservar la vida para las nuevas generaciones. Solamente ahora pensamos en producir  a cualquier precio pero sin tener en cuenta  al medio ambiente ¿Estamos pensando en el futuro o nos estamos condenando al fracaso?
    No es bueno que esto ocurra, la desaparición de las colonias agropecuarias trae como consecuencias una involución desastrosa porque toda la maya rural se encuentra inexistente, se perdió la escuela rural, se despobló el campo, se  pierden sus costumbres, murió el club agrario  y la gran empresa  no vende a la cooperativa ni al acopiador local, pero tampoco compra en el lugar, así es que la colonia que no se ha perdido está en agonía. Quedarse en el campo no tiene incentivos, se sienten ciudadanos desamparados y entre los impuestos, los insumos, la falta de entendimiento del gobierno que da la espalda a uno de los más grandes de los motores de la economía nacional hacen perder el entusiasmo de los pocos que lo habitan.



Walter Bonetto
Periodico la Ribera. Diciembre 2012    Nº303

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jueves, 31 de enero de 2013

Walter Bonetto: Labor de Radio y Presentaciones de Libros



                      Desde Confitería Santorini  Junto con Aldo Casero
  en el programa Reflexiones




Entrevistando a la Delegada de la Provincia de Córdoba. Marisa Arias en radio Gospel



Junto Con el Periodista Aldo Joaquín Casero 
entrevistando al Intendente de Charras Dr. Roberto Beros


Año 2008.  Almorzando en Río Cuarto con el investigador  y escritor regional de Los Cisnes Aldo Enrique Cantón, autor de importantes libros y trabajos de investigación realizados con la UNRC




Con Aldo J. Casero Entrevistando al Director del periódico LA RIBERA   Sr. Gustavo Román 
en el programa Reflexiones, desde la confitería Santorini



Con el Periodista  Pablo Ferrari  en la Rural de Río Cuarto año 2011
haciendo una columna de opinión  para LV16 Radio Río Cuarto "La chacra del Abuelo"

Columna de Historia en el programa "Viva la Mañana" LV16 Radio Río Cuarto
-Año 2012-


Stand de LV16 Radio Río Cuarto desde la Exposición Rural 2011
 Junto al Periodista Pablo Ferrari 
y al técnico operador Andrés Berreta

En la Universidad Nacional de Córdoba presentando el libro "La Industria Perdida"
con una sala colmada de publico. Invitado y recibido por la Diputada nacional Patricia Vaca Narvaja.
quien demostró un  gran entusiasmo  por la obra y la presentación.


Invitado a la escuela 21 de Julio de Río Cuarto, presentando el libro NARCISA
que es texto de lectura del establecimiento. Fue  recibido con mucha emoción por los alumnos.



Los niños de la escuela hicieron dibujos relacionados al libro y agradecieron el pizarrón 






Entrevista a la Diputada nacional Griselda Baldata  en el programa Reflexiones año 2011
desde la confitería Santorini


                                         Junto a la escritora Susana Dillon  en la Feria del Libro
                                                       de General Dehesa. año 2011








Feria del Libro "Juan Filloy 2011"  En la carpa roja de la feria presentando los libros 
"Chucul la Historia de un Pueblo" y  "Efemerides de Río Cuarto"
La Escritora Susana Biset  presento al autor.


Salon de los Intendentes. Presentacion de los libros: Narcisa, El Puente,
Pedacitos de Historia. Feria del libro 2010.


Amigos que Concurrieron a la presentación 








En el stand del Concejo Deliberante Feria del Libro Juan Filloy 2009 
recibiendo a las escuelas.



Rural 2011 Junto al poeta Hector Fourcade y al Secretario de Agricultura 
de la provincia de Cordoba  Sr. Gutierres 


En Radio Gospel haciendo Reflecciones  con el "Maestro", periodista y amigo
don Aldo Joaquín Casero






Junto al Intendente de  Coronel Baigorria.  Invitado por la Municipalidad ante la inauguración 
del espacio exacto en donde funcionó la posta de "Corral de Barrancas"  




Disertación en Coronel Baigorria  sobre los pasajes del General San Martín 
por la posta Corral de Barrancas.  17 agosto 2012.


En Chucul acompañando a Mercedes Magnano y Limon Gauna de LV16 Radio Río Cuarto
para hablar del libro "Chucul Historia de un Pueblo"




Con el periodista Guillermo Jeremias de Canal 13 de Río Cuarto
para hablar del libro "La Industria Perdida"



Presentacián del libro Chucul la historia de un pueblo.

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miércoles, 30 de enero de 2013

El Cuento de los Ángeles

Dicen que Dios posee ejércitos de ángeles. Es muy posible que existan ángeles que le dan trabajo a Dios porque sabido es, según los relatos bíblicos, que los hay buenos y malos.

Los ángeles son seres inmateriales. Cuando lo desean, tienen la capacidad de observar nuestros movimientos, nuestra conducta, sin que los percibamos, como también la de presentarse en aparente cuerpo y alma, con dimensiones físicas definidas y con formas concretas, ante determinadas personas y momentos. Pueden leer nuestros pensamientos y nuestro pasado.

Cada persona tiene, según varias religiones, su propio ángel o “Ángel de la Guarda”, para los católicos, éste, obra como guía y protección de sus actos.

Dentro del numeroso grupo de ángeles de Dios, había dos a los que no les gustaban mucho sus labores. Vagaban por el Reino del Señor constantemente, buscando entretenerse en la bóveda celestial. Un día, mientras disfrutaban planeando con sus alas extendidas por el espacio infinito, contemplando la maravilla del universo, luego de recorrer distancias siderales en pocos instantes, decidieron quedarse en la Tierra para observar el puente de la vida.

Estos dos ángeles que deciden visitarnos son remolones, pero les encanta la contemplación. El mayor, de nombre Trione, que significa “vencedor de las tinieblas”, tiene 23.878 años de vida angelical. Lleva siempre una poderosa espada de plata; es muy bonachón y lleno de ternura, cualquier motivo de injusticia lo conmueve y dice que siempre lucha por la verdad y la justicia. Es seguro de sus actos y siempre tiene buenas intenciones, pero es muy ansioso y desordenado, lo que le trae constantes contratiempos.

El menor, llamado Anoca, que significa “clamor de luces”, tiene 19.500 años. De larga barba, solamente un amuleto en su cuello. Es de mal carácter, también ansioso y de poca paciencia, pero siempre le gusta ayudar al prójimo y combatir el mal, por lo tanto es un celoso justiciero celestial. Si bien los caracteres de estos dos ángeles no son similares, coinciden en muchas cosas, y se complementan bien a pesar de sus discrepancias y enfados que por momentos suelen tener entre ellos.

– ¡Mirá la atmósfera de los humanos!

– ¡Sí que la veo! Está muy turbia! -respondió Anoca.

– Con las guerras y las matanzas que hay en ese lugar yo creo que esa atmósfera está en finales. Estoy viendo cómo incendian los bosques y talan las selvas. ¿Por qué lo harán? ¡Qué irresponsables son!

– ¿No se darán cuenta de lo que hacen con su planeta?... ¡cómo ensucian y contaminan!

– ¡Da mucha lastima ver este mundo. ¿Sientes cómo huele mal?

– ¡Sí! Es muy peligrosa La Tierra, su estado es lamentable.

– Bueno, Trione. ¿Por qué no vamos a visitar a los humanos?

– ¡¡Nooo!! No deseo ir a la Tierra; con lo que estoy viendo encontraremos dificultades, no me gustará ese lugar.

– No debe ser para tanto, es posible que tenga su encanto. ¡Vamos, acompáñame! ¡Yo sí deseo ir!

Al final los dos ángeles se pusieron de acuerdo y descendieron.

– Quedémonos aquí a contemplar.

– De acuerdo, miremos cómo cruzan el puente de la vida.

Los dos ángeles se sentaron como entusiasmados sobre la gran baranda del puente.

– Anoca, ¿te vas a quedar mucho tiempo?

– ¡No! Mucho no, porque puedo decepcionarme. Aunque debe ser interesante contemplarlo. Me voy a quedar un ratito, diez años.

– Mirá, Trione, cuántos ladrones, cuántos sinvergüenzas.

– Bueno. Sé más optimista. No mires todo lo malo, debes tener en cuenta que también hay gente honesta y trabajadora. Observa cómo construyen sus casas y siembran la tierra.

– Mirá aquella viejita. Pobre, está tan enferma y sola y nadie se preocupa por ella. Le voy a preguntar cómo se llama y ayudarla, me da mucha tristeza ver estas cosas, además ya está a punto de caer al precipicio.

– Hola, abuelita. ¿Cómo se llama usted? -preguntó Trione.

– Me llamo Anacleta,

– ¿Cómo te sentís, abuela?

– Mal, ¡me quiero morir!, no vale la pena vivir así. Tengo dolores muy intensos y casi no puedo caminar ni moverme.

– Pero abuela, no vale la pena querer morirse, ni llamar a la muerte. La muerte viene sola, cuando menos la esperes. Trata de vivir cada instante con plenitud.

La viejita se sorprendió, pero al encontrar las miradas tiernas de los ángeles calmó su inquietud y se fue tranquilizando.

– ¿Quiénes son ustedes y de dónde vienen? – preguntó la abatida mujer.

– No te preocupes, abuela, somos tus amigos y en algo te ayudaremos.

– Ah, bueno... ¿por qué no me ayudan a terminar mi vida? Quiero morirme. – insistió la mujer.

– ¡Noooo, abuela! , eso no lo hacemos. Nunca lo hemos practicado, porque la vida no es nuestra y nosotros no disponemos de ella, solamente la tratamos de guardar.

Anoca tomó una copa con agua y luego de introducir en la misma por unos instantes su amuleto, se la ofreció a la abuela para que bebiera. Tomó un sorbo la anciana, después de un momento los ojitos se le empezaron a iluminar, siguió tomando y su rostro fue cambiando de tal manera que hasta sus arrugas se difuminaban.

– Aaaay, ¡qué bien me siento!, ya no me duele la cabeza ni estoy mareada. ¿Qué me dieron de tomar?

– Es sólo un poco de fortaleza, abuela.

– Fortaleza -dijo la mujer y se quedó pensando:

– Sí, fortaleza abuela para que superes el momento

– Fortaleza, fortaleza... ningún médico me dio esa medicina… tampoco entiendo lo de superar el momento.

La anciana en la medida que cada vez miraba con mayor sorpresa a sus singulares visitantes, con una absoluta serenidad y paz se fue aliviando de sus dolores y quedando dormida luego de una larga, muy larga fatiga de la vida.

– Mirá, Anoca, que a la anciana no la podemos dejar en estas condiciones.

– Bueno, no te preocupés Trione, la vamos a seguir ayudando hasta que logremos algunos resultados. Yo ahora le di millones de vitaminas que le darán vitalidad a su cuerpo, además quedó bien hidratada. Dejala que descanse, luego seguiremos viendo lo que sucede.

Anacleta durmió con un placer inexplicable, su mente descansó en plenitud, sus dolores se fueron, se sentía como si estuviera flotando entre esponjosas nubes sostenidas por los ángeles. Mientras la anciana dormía y disfrutaba de sus sueños, los ángeles observaban desde el puente, la vida en la Tierra, y hablaban.

– La verdad, Anoca, que no me gusta nada estar sobre este puente, desde aquí se ven más horrores que alegrías.

– Sí, tenés razón Trione. Yo también quisiera poder ayudar a todos los que desde aquí veo sufrir, pero no puedo, es casi imposible. En este puente de la vida que transitan los humanos se ven muchos dolores y penurias.

– Se precisaría un poderoso ejército de ángeles para salvarlos.

– Qué bárbaros que son. Estos no piensan en el más allá. No piensan con sensatez, se van condenando en vida la mayoría de ellos, mirá cómo van cayendo al precipicio de la muerte.

– ¿No se darán cuenta como condenan sus almas?

– Me parece que no saben cruzar el puente. Pelean entre ellos por los territorios, por los mares, pelean por el petróleo. Además son tremendamente agresivos y belicosos y constantemente van contaminando sus fuentes naturales y van extinguiendo despreocupadamente muchas especies de vida vegetal y animal.

– Desarrollaron una asombrosa cantidad tecnologías, pero no pueden desarrollar la convivencia en paz.

– ¿Y entonces?

– Entonces llevan constantemente al planeta al abismo de la extinción. Gran parte no podrá cruzar el puente.

– Bueno, pero mirá que todos lo intentan cruzar.

Habían pasado como veinte horas. Anacleta despertó con una alegría espectacular; cuando abrió los ojos vió a su lado a dos ángeles.

– Hola, abuela, ¿estás mejor? -preguntó Anoca.

– Sí, estoy de maravillas. Descansé con tanta profundidad que siento tener treinta años menos sobre mis huesos.

– Bueno, abuela, eso es saludable y alentador.

– Miren ustedes que yo ahora no siento ni hambre ni sed, además lo maravilloso es que no me duele nada y me siento alegre.

– ¿Alegre? – preguntó Trione casi distraídamente.

– Sí, alegre. ¿Por qué: no puedo estar alegre?

– Claro que puedes, abuela, la vida ha de ser alegría.

– Aaaay, angelito, ¡qué ingenuo que sos! Para mí la vida fue al revés, fue toda tristeza y angustia.

– ¿Nunca estuviste alegre, abuela?

– Muy pocas veces. Cuando era niña, después todo pasó. Mi niñez se fue, mi madre murió, mi padre también, y yo me quedé sola. Me casé joven, perdí a mi marido por una guerra y mis hijos... no puedo esperar nada de ellos. Toda la vida pensaron a contramano de mi sentir. Es que de mayores solamente me dieron disgustos y tristezas; vivieron peleándome hasta sacarme lo poco que tenía, después se pelearon entre ellos y así es como vivo, como una condenada y una eterna abandonada. Será así hasta el día final, sin esperanzas ni ilusiones. Me siento fracasada, totalmente fracasada, y esto es doloroso, duele en el corazón; pero bueno, tuve un dulce momento en este descanso, además soñé con cosas hermosas como nunca antes había soñado.

– ¿Con qué soñaste, abuela?

– Soñé que yo volaba entre nubes inmaculadamente blancas y tibias, mientras una agradable, cálida y perfumada brisa me acariciaba con tanta dulzura que me llenaba de encanto y me conmovía la maravilla esplendorosa del paseo. Era un mundo distinto, nunca visto antes. Nunca sentí nada igual. Podía transportarme como lo deseara y si más volaba en ese espacio maravilloso, más cosas bellas encontraba, como millones de flores multicolores que tapizaban senderos y valles encantados, todos recubiertos de cristalinos colores en donde sentía una paz interior y en un momento exclamé llena de asombro y placer: ¡¡Esto es la vida!! Pero al final decidí descender para observar qué más había debajo de esas nubes. Encontré una realidad distinta, un mar con grandes de tempestades con olas muy altas y por arriba de ese mar un largo, muy largo puente, que constantemente se sacudía. Todos los hombres lo iban cruzando, algunos llegaban, los menos, otros miles y miles caían a ese océano embravecido, era horrible. Me llamó mucho la atención que la gente no se desesperara por salvarse y no caer al precipicio; muchos de ellos estaban como entregados para seguir el camino del mal a cualquier precio y no recapacitaban. La desesperación aparecía cuando se veían en el precipicio, pero ya era tarde, mientras los que pasaban al final del puente, encontraban un sendero lleno de alegría que los terminaba transportando al mundo de la paz. Bueno… pero fue sólo sueño. Un sueño tan real, como jamás antes me había pasado.

Cuando terminó de hablar, la anciana miró a los ángeles y les preguntó:

– ¿De dónde vienen ustedes?

– Venimos de un espacio que tú no comprendes y de un tiempo que tú no conoces. Pero no te preocupes por nuestros orígenes, además nada malo te haremos, solamente queremos escucharte y conocerte, y si podemos, nos gustaría ayudarte.

Los ángeles se miraron como resignados, desplegaron con elegancia y lentitud sus alas y volaron hacia la parte más alta de la baranda del puente. La abuela se quedó en silencio y en paz, no entendía nada y pensó que seguía soñando. Eso la tranquilizó, sintió que en un sueño había encontrado a dos ángeles buenos que le aliviaron sus dolores por unos momentos.

– ¿Viste, Trione? El gran dolor que tiene la pobre abuela es la relación quebrada con sus hijos.

– Lo que ocurre, Anoca, es que los hijos muchas veces son ingratos, no siempre comprenden ni quieren comprender a los padres. El hijo muchas veces es soberbio, arrogante, poco comprensivo y todo eso causa dolor.

– Ahora de todos modos la abuela con sus sufrimientos y sus penas va cruzando sin dificultad el puente de la vida, mientras que sus hijos se están cayendo al precipicio de la muerte y se están condenando.

– Qué raro que los hijos no escuchen a los padres. ¿Será por tozudez?

– Realmente no lo sé, creo que los hijos muchas veces obran mal, muy mal, y de esta forma van destruyendo su futuro en lugar de construirlo.

– ¡Qué niebla espesa que hay hoy! El puente está lleno de bruma, mirá las grandes olas del mar qué amenazantes están y los carniceros tiburones con sus bocazas abiertas, prestas a tragar una enorme presa.

– Impresionan. Y aquí las olas tienen mucha comida.

– Sí, Trione, cae mucha gente condenada al mar que no alcanza a cruzar el puente. Mirá cuántas personas se ahogan detrás de aquellas olas a tu derecha. Vamos a rescatar algunas.

Volviéndose visibles, aletearon y se detuvieron sobre las crestas del mar. Cientos de personas agonizantes cuando vieron a los dos ángeles imploraron ser salvadas. Anoca tomó por la espalda a un muchacho joven que aún vivía y lo llevó a la baranda del puente, mientras Trione tomó a una mujer mayor y a un hombre.

– Es todo lo que podemos hacer Trione, más no podemos salvar.

Los ángeles trasladaron los moribundos a un parque rodeado de árboles al costado del puente y les presionaron el vientre para reanimarlos. Lentamente la palidez de sus rostros cadavéricos se fue modificando, pero sus cuerpos casi desposeídos de ropas temblaban de frío y olían mal. Trione comenzó a soplarlos para inyectarles calor y con su espada de plata los tocaba en la espalda para reanimarlos.

Anoca le preguntó al joven por qué estaba al borde de la muerte.

– Estaba robando y me dieron un tiro. Ahora estoy acá escondido para que no me atrapen pero ya no doy más.

– ¿Por qué te hiciste delincuente?

– No lo sé, pero odio al mundo.

Había perdido mucha sangre. Poco podían hacer los ángeles.

– ¿Por qué no vas a un hospital?

– ¡Noooo! Terminaría en la cárcel y yo vengo de la cárcel, por robo y violación. Y en la cárcel me violaron y maltrataron sin piedad con el consentimiento de los carceleros. Así es que prefiero morir antes de volver a la cárcel.

– ¿Y a qué se debe tanta delincuencia en vos?

– No sé, pero odio a la sociedad. Yo nací en la villa, mi casa era de chapas oxidadas y cartón, pasaba la lluvia y el frío; a mi madre la violaron, después vivía con un borracho, le pegaban casi siempre. Yo no comía porque casi nunca había que comer; mis hermanos menores lloraban todo el día de hambre y de frío, se enfermaban y algunos murieron. Vivíamos en la miseria, en la más absoluta y cruel miseria; cuando salía de la villa miraba como el mundo pasaba rápido delante de mis narices; tan ligero y con tanto lujo. Veía automóviles y me preguntaba: ¿Cómo será andar en auto?, y también me respondía: cuando sea grande robaré uno. Ya mi mente estaba estructurada para la delincuencia. Pasaba por las calles del centro de la ciudad y miraba las vidrieras de las jugueterías, tentado por lo que veía me sabía detener en algunas de ellas, apoyaba con fuerza la nariz hasta aplastarla en contra del vidrio junto a mis sucias manos de niño de la calle, pero la vidriera no cedía y no podía tocar a ninguno; yo me moría de ganas de tener un juguete y como no lo alcanzaba me tenía que conformar con que no eran para mí. Yo era pobre y desmerecido, de todos modos mis ojos se abrían todo lo que podían frente del cristal para contemplar tanta hermosura ¿Sabés qué triste era eso? Siempre se me cruzaba en mi cabeza romper el vidrio para sacar lo que deseaba. Lo mismo me ocurría si quería una manzana, la tenía que robar. ¿Vos te creés que a mí me gustaba robar? Al principio no me gustaba, bueno, pero después me fui acostumbrando, no había otra.

Cuando tenía hambre, hacía como con los juguetes, miraba por los vidrios de los comedores veía como comían buenas comidas y entonces me preguntaba ¿Por qué yo no?, pero no lo entendía. Recuerdo que en una oportunidad cuando hacía eso, mi contemplación terminó abruptamente porque desde el interior del local me empezó a gritar una mujer gorda con cara de toro furioso de que me fuera y que no le ensuciara el vidrio; entonces me iba y cuando llegaba a otro restaurante, me animaba y entraba a pedir por las mesas, pero siempre me terminaban echando, porque molestaba a sus clientes y los dueños nada me daban; después tiraban a la basura la comida y ahí encontrabas pedazos de milanesa, carne asada, pollo, panes, lechuga, puré, tomates. Muchas veces junto a otros niños revolvíamos entre las moscas y las ratas. ¡Y guarda, que no nos vieran!, que también nos corrían igual que a los perros ¿Eso es la sociedad? … la odio. Siempre me sentí discriminado, rechazado, excluído, y cuando uno se siente así, convertirse en delincuente es la meta mas probable, porque en definitiva es la única manera de vengar tanto dolor y tanta injusticia provocada por una sociedad insensible y perversa. Por eso me puse a robar, y así fue como me detuvieron en más de diez oportunidades, la policía me aporreaba, después un juez me hacía encerrar en un reformatorio para menores, pero cuando me soltaban yo seguía robando: no sabía hacer otra cosa, tampoco quería. Así que luego de salir en libertad cometí varios asaltos sin que me detuvieran, pero cuando entre a robar en una droguería apareció un policía detrás de un mostrador y cuando gritó arriba las manos yo no tuve dudas y le disparé, con tan mala suerte que le pegué en el hombro y no lo pude matar. El me dio un tiro en la panza, me sentí herido, con gran desesperación pude correr y corrí mucho, hasta que pude esconderme en una obra en construcción debajo de unas chapas y escombros. Transcurrieron varias horas, quienes me buscaban pasaron a centímetros de mi escondite pero no me descubrieron. Había perdido mucha sangre, me sentía desfallecer y al tratar de salir me encontraron; traté de levantar el arma para matar al policía pero una bota patió mi mano; me sentí perdido, sabía que era mi final, por mi cabeza paso un interrogante: ¿Para qué vine al mundo?...no valió la pena, mi vida estuvo llena de odio y desprecio, mi vida fue realmente una injusticia. Qué se yo… ¿y vos, qué haces acá? …Dejáme, no me recuperés, yo quiero volver a la muerte, no me des vida.

El ángel se dio por vencido y soltó al joven.

– ¿Por qué lo soltaste, Anoca? -preguntó preocupado Trione.

– Ya eligió y no quiere cambiar. No podrá cruzar nunca el puente de la vida.

– Pero a esa alma la condenó el mundo, la condenaron los hombres, no se condenó sola. Se observa claramente cómo muchos hombres no piensan en el prójimo, no piensan en el más allá. Piensan solamente en vivir el presente; en vivir su vida y muchos de ellos siempre expresan que la quieren vivir bien, “disfrutar” a cualquier precio; aunque de esta forma condenen su dignidad honestidad y honor, sin importarles o sin querer entender que en muchos casos condenan su futuro. Es que la vida no se puede vivir bien a cualquier precio. No les importa demasiado de las generaciones que vienen detrás y esto en gran parte genera muchos delincuentes, genera muchas abuelas que quieren morir cansadas de una vida llena de injusticia y falta de piedad.

– Mirá, Trione, la crueldad del hombre me asusta, me causa escozor.

Siguieron comentando los ángeles en prolongada tertulia lo que les pasaba a los hombres en la Tierra. Se asombraban de sus miserias y de la poca preparación que tenían para la vida. Seguían observando el pasaje de la humanidad hacia su destino.

– ¿Qué te pasa Trione, por qué estás tan triste ahora?

– Es que me quedé pensando en la abuela y en el joven delincuente.

– No te debés preocupar demasiado. La abuela ya tenía el dolor de sus años, los surcos de la vida y las penas por la falta de cariño de sus hijos, mientras que el delincuente fue un ser en desgracia, este mundo no le dio oportunidades para ser mejor.

– ¿Vos rescatás algo de la abuela?

– Por supuesto Anoca, rescato mucho de los dos seres. La abuela me dejó una lección de entrega y resignación ante tanto abandono y tanta frialdad de sus seres queridos; mientras que el joven delincuente, me dio una horrible lección de perseverancia en el mal y de desprecio a la vida. Queda en mí la impresión de cómo un hombre resentido es capaz de odiar a sus semejantes, sin importarle la vida propia. Pero esto ocurre porque la sociedad los hace un lado, los desprecia, margina, así los va condenando y termina formando una multitud de hombres enemigos de hombres y de la vida. Llegás a la conclusión de que así en gran parte se manejó y se maneja el mundo, que es un mundo de terribles diferencias entre los seres humanos y esto es en gran medida perverso.


Fragmento de la novela "EL PUENTE" de Walter Bonetto
publicada por Fojas Cero editora en enero de 2009 



Walter Bonetto
walterbonettoescritor@gmail.com
Twitter: @walterbonetto


Rumbo al norte

…nuestras manos derechas se apretaron como para dejarnos mutuamente un último adiós; al final, Miguelito volvió sobre sus pasos de regreso a la misión; yo, al camino. La mochila se ponía pesada, muy pesada. Mi rumbo era el norte. Planifiqué llegar a Tucumán, después Salta y Jujuy.

Continué por el costado de la ruta, maravillado por el entusiasmo de Negro, (mi perrito compañero) hablándole y sintiendo que me entendía. La Ruta 9 me seguiría llevando hacia las entrañas del norte argentino. Los días eran más cálidos y largos, lo que me obligaba a cargar con más agua. El calor insoportable me obligaba a parar para descansar cerca del mediodía. Por un tiempo anduve con muchos intervalos y penurias, parando en las localidades que encontraba en la ruta, cuando no había una población, lo hacía en soledad. Tras caminar cinco días, llegué a la ciudad de Santiago del Estero, también con un calor muy intenso. Extremadamente cansado recorrí unas calles hasta que me instalé por una noche en un parque central.
   
Después de pasar la noche, continúe mi ruta hacia la ciudad de Río Hondo. Una vez que llegué, pensé en quedarme unos días para descansar, ya que mis pies estaban nuevamente llenos de ampollas y me costaba caminar. Busqué un lugar donde hospedarme. La mayoría de hosterías y alojamientos estaban cerrados, fuera de temporada. Luego de mucho andar, y con no pocas dificultades, encontré un hospedaje que me admitió con mi perro siempre que lo mantuviera en el patio trasero y que no molestara. En este lugar descansé cuatro días para después continuar caminando hacia San Miguel de Tucumán.

Sobre la ruta cada tanto encontraba puestos de venta de artesanías de la región. Vi de todo: desde los que ofrecen sandías, melones, duraznos, higos, tunas, tejidos, tapices hilados a mano, hasta tortuguitas del monte que los niños ofrecen con las manos en alto para llamar la atención de los turistas. Un atardecer paré al lado de uno de los puestos, compré unas tunas y pregunté cómo se comían. El niño tomó un cuchillo y un tenedor y me mostró cómo pelarla.

—Es muy fácil, señor, son muy nutritivas y jugosas.

Me gustaron, pero me molestaba que tuvieran tantas semillas.

—No se preocupe, también se comen.

—Bueno, gracias. ¿Ustedes las cultivan?

—No, señor, están en el monte. Son esas plantas que usted ve en el campo de hojas muy anchas y espinudas. Nosotros las juntamos, pero para juntarlas nos llenamos de espinas y hay que tener cuidado porque entre los tunales hay víboras venenosas.

—¿Y cómo andan tus ventas?

—Ahora se vende poco, pero de vez en cuando alguien para.

—Claro.

—Qué bonito perrito tiene, pero tenga cuidado; acá hay muchas víboras y a los perros bicheros los pican y los matan.

—¿Y entonces, qué tengo que hacer?

—No lo deje que olfatee por el pasto entre los árboles porque cuando levante una víbora se lo va a matar. Yo lo sé porque perdí dos perritos por mordeduras de serpientes y terminan con una muerte horrible los pobres.

—Gracias por tu advertencia, no sabía de este peligro.

No lo demostré, pero quedé asustado. Negro ahora tendría que caminar con menos libertad, atado con la correa.

Con el calor norteño, la ruta era tremendamente pesada y el agotamiento físico me vencía. Yo sentía algunos temores, pero me acostumbraba. Sacaba valor no sé de dónde, superaba los miedos y descansaba placenteramente con la única y valiosa compañía de mi perro.


Desde que salí de Río Hondo habían pasado tres días de caminata. Pensé seriamente hacer un cambio. Se me cruzó la idea de motorizarme. Muchas veces mi voluntad se veía acorralada por la tentación del abandono.

Mientras ese torbellino rondaba por mi mente, comencé a ver plantaciones de caña de azúcar, supuse que estaba llegando a San Miguel de Tucumán.

Iluso. Estaba muy cerca para un auto, pero no para hacer el recorrido a pie. El Jardín de la República no aparecía más, encima llovía y no veía un solo refugio.


Luego de tres horas de caminata apresurada, empapado hasta los huesos, ya casi en penumbras, encontré unas casitas de adobe alineadas al costado del camino. Me acerqué a una de ellas y pedí hablar con los padres de los niños que jugaban por ahí. Uno fue corriendo hacia la casa, mientras se me acercaban como cinco perros flacos que me ladraban, me olían y querían atropellar a mi Negro, al que tenía fuertemente de mi mano con la correa y lo escuchaba gruñir. En un momento apareció una señora vestida con ropas muy humildes. La saludé, le dije que venía caminando desde Santiago del Estero y le pregunté si podía armar la carpa en ese sector para pasar hay la noche. La timidez de la mujer y la insistencia en que el marido no había llegado del trabajo ponían en duda mi permanencia.

Mientras estaba saludando a la mujer pensando en no comprometerla y para despedirme, se presentó un hombre joven con ropas de trabajo y me estrechó su mano. Ella le comentó de mi petición y él me dejó que armara la carpa donde quisiera y se disculpó porque no podían darme comodidades. Los vi pobres, me acordé de lo que me decía Miguelito en cuanto a la explotación en el norte argentino.

Fui a la bomba de agua y me lavé como pude. Volvía a la carpa, al momento observe que bajo la tenue llovizna venia dos niños con un plato entre sus manos.

—¿Para quién es esto?

—Se lo mandan mi papá y mi mamá, son para usted.

El hombre se asomó a la puerta y me pidió que aceptara las tortitas calientes y que si lo deseaba pasara un momento a su casa

Me di cuenta de que no podía despreciar la hospitalidad del hombre, así que luego de deleitarme con una torta y darle otra a Negro me dirigí a la casa.


—Pase, pase, amigo. Es un placer recibirlo. Mire que somos muy pobres, pero gracias por venir.

—No se preocupe por su pobreza; ustedes son gente muy hospitalaria y eso vale mucho.

La mujer estaba cocinando sobre un fogón en la esquina de la pequeña habitación, que se contaminaba de olor a humo y grasa y se iluminaba con unas velas. Desde la cocina se veían otras piezas sin puertas, también hundidas bajo el nivel del suelo, con pisos de tierra, paredes de caña y catres de palos.

La señora hacia tortas fritas con una masa de harina, agua y sal, que luego de amasarlas sobre una tabla las estiraba con una botella para después freírlas en una cacerola.

Me sirvieron varias; algunas eran saladas, otras dulces, porque las mezclaba con jugo de caña, pero todas resultaron apetecibles.

Estaba comiendo en un banquito endeble en una casa muy precaria junto a una familia que no conocía. Sentía en ese momento en mi pecho palpitar la humildad de la pobreza del lugar, lo que era una experiencia singular e interesante. Era una dimensión distinta; era una situación encontrada por el destino de caminar; era una vivencia nueva para mí que tenía que dejarme algún mensaje. Ellos me habían invitado y yo –a pesar de mi terrible cansancio– no quería desaprovechar la oportunidad de compartir ese singular momento de mi vida, por lo cual elogié las tortas fritas y pregunté:

—¿Qué tal la vida acá en Tucumán?

—Para nosotros es de mucha pobreza.

—¿Y en qué trabaja?

—¡En lo único que sé hacer! Soy cañero de toda la vida y también pico leña en el monte. Pero es una vida miserable y mal paga, cada vez ganamos menos los cañeros de brazos… ahora con las máquinas.

—¿Nunca le interesó prepararse para hacer otros trabajos o tener otro oficio?

—No, amigo. Mis padres me criaron aquí, en esta tierra, entre el monte y las cañas, siempre con un machete talando cañas con las manos ampolladas.

—¿No fue a la escuela?

—No. No me gustaba, pero algo aprendí a leer… y sé firmar.

—¿Y a sus chicos los manda a la escuela?

Me miró con asombro. Su mujer también me miraba mientras tenía levantada una torta pinchada con un tenedor para que se escurriera el aceite al sacarla de la cacerola.

—Eso lo decidirán ellos cuando sean más grandes. A mi mujer le gusta que vayan a la escuela, pero a mí me parece que no vale la pena, a lo mejor un poquito para que aprendan a leer y a escribir y que se puedan defender.

Todo quedo en silencio, yo los miraba con serenidad y respeto, hasta que al final me anime y le insinúe:

—Creo que sería interesante que sus hijos puedan estudiar, así tendrán un mejor porvenir.

Después de oírme, el hombre me miró como asombrado, pensó un momento y luego me respondio:

—Es que mucho de los que estudiaron en este país roban siempre, como la mayoría de los políticos y los gobernantes se hacen ricos robando. Todos se hacen ricos en la política.

Las fulgurosas llamas del fogón cambiaban constantemente de matices y producían resplandores que por momentos coloreaban los rostros de los cañeros y templaban la casucha casi en exceso, para terminar mezclándose con el humo y el olor algo agradable pero pesado de la fritura que hacia la mujer, mientras sacaba un jarrito de agua de un balde colgado de un tirante cerca del mismo fogón, para apaciguar el hervor de la pava ennegrecida por las llamas.

—¿Cuántos hijos tienen?

—Yo tengo cinco ahora con la Luisa. Pero ella tenía tres de antes, así que en total tenemos ocho chicos y hacerlos estudiar no podemos. La Mirtilla, que es la mayor, tiene diecisiete años, y el Peperín tiene catorce, y ellos son los que me ayudan a trabajar: van casi todos los días al cañaveral y cuando no hay cañas picamos leña en el monte.

—¿Y el menor?

—El menor toma la teta.

Ya era como la cuarta torta frita que comía. Estaban buenas. Pensaba en silencio lo que había leído en una oportunidad “en la mesa del pobre la cama suele ser muy fecunda”.

—Sírvase con otro mate para acompañarla –exclamó el amigo, rompiendo el intervalo y no me hice rogar, pero también aproveche para reiniciar el dialogo.

—Está bien de lo que me dijiste de los gobernantes y de los políticos; pero mira que no todos son ladrones.

—¡No, todos no! Ya lo sé, pero la gran mayoría son choros, son zánganos de esta nación, viven a costilla de los que trabajamos realmente y esa gran mayoría tiene estudio, fueron a la universidad, son doctores, pero roban igual. Son ladrones, constantemente estafan al Estado y casi nunca van a la cárcel, y si no por qué cree que este país tan rico esta sumergido en pobreza.

Mientras la niña más chica se había dormido en los brazos, el cañero me continuaba relatando sus peripecias de vida; me manifestaba su forma de pensar y de entender su realidad de la pobreza. Llegué a la conclusión de que eso era lo que el había conocido y por lo tanto era como su mundo, su tierra, su universo. Había nacido en esa pobreza, convivía con ella; sabía que su futuro era la pobreza y entendía también que sus hijos seguirían condenado a la misma situación, pero estaba como resignado a esa triste realidad. Me di cuenta que vivía sin esperanzas.

Agradecí con mucho afecto la recepción; no la podía prolongar más por el cansancio que tenía encima. Fui a mi carpa en silencio y angustiado. Pensaba en la difícil resignación del cañero. Pensaba en esos niños que no iban a la escuela.

Tuve que pelear con Negro porque había tomado para él toda la colchoneta. Con muy pocas ganas cedió el lugar para terminar en su esquinita permitida. La lluvia golpeaba suavemente las paredes de la carpa sin que ingresara una sola gota de agua, lo que daba una sensación de abrigo y protección muy especial y cálida.

Estaba cansado, pero no conciliaba el sueño. Sentía bronca, impotencia. Me daba cuenta de que a esta gente le faltaba educación básica para razonar con más amplitud. Su pobreza era como un pozo al que no llegaba luz. Este hombre trabajaba catorce horas por día, sin asistencia social y con un jornal miserable. Me acordé de lo que me había contado Miguelito.

Al amanecer me despertaron los pasos de personas que salían de sus chozas rumbo al trabajo. Unos a otros los cañeros se llamaban a viva voz; machete en mano y con una bolsita al hombro pisoteando el barro o esquivando charcos iban como amontonados rumbo al trabajo. También iban mujeres y algunos niños casi dormidos caminando con desaliento por detrás de sus padres. A todos les llamaba la atención mi carpa, me observaban con desconfianza, creo. Pasaban y pasaban –no sé de dónde salían–, pero no terminaban de pasar.

Me levanté, le agradecí a la esposa del cañero por mi permanencia en el lugar y tuve que insistir para que aceptara la plata que le dejé.

—No, señor. ¡De ninguna manera! No le puedo aceptar ese dinero, si usted no me debe nada.

La mire a los ojos con suavidad e insistencia y le pedí nuevamente que aceptara el dinero.

—No se lo puedo aceptar, además mi marido se va ha enojar.

—Esta bien, señora; se lo quiero dejar de regalo para sus hijos. Por favor, no me lo desprecie, son solamente unas monedas.

No dijo nada la pobre mujer, pero al final ante mi insistencia mantuvo el dinero entre sus manos, quedando muy agradecida.

No me iba contento. ¿Qué culpa tenían esos niños de haber nacido en este lugar? ¿Por qué estaban condenados a vivir en el trabajo? Una vez más, el hombre y la injusticia. Aún sigo temiéndole al hombre.

Caminé mucho. Fui costeando toda la ciudad por una circunvalación. Pasó por mi cabeza entrar para conocer la histórica Casa de la Independencia. Dejé de lado la idea: no me interesaba la independencia porque no la sentía en mi piel. Al contrario, con la pobreza que vi en los niños y en la gente, sentí que todavía existían esclavitud y condena.

A mi izquierda veía una ciudad importante, a mi derecha no me cansaba de ver casuchas con mucho pobrerío, con mucha miseria pegada en sus paredes y techos, como si la ciudad las expulsara.

Como si la ciudad comprendiera que este pobrerío “compromete mi progreso” y empaña mi elegancia. Entonces, en la medida que estira sus arterias para crecer, va marginando, va como expulsando a los más humildes y pobres, quienes se van desparramado en terrenos bajos y muchas veces inundables, sin urbanización ni parques, ni plazas. Solamente casuchas llenas de basuras y yuyos, amontonadas sin ningún orden, con cartones destartalados y chapas negras por el herrumbre. Alambrados improvisados para separar en algo lo inseparable. Patios de tierra y barro llenos de pozos; cercos de caña y palos, ventanas chiquitas y desformadas tapadas muchas de ellas con telas improvisando cortinas andrajosas.

Perros, gatos, algunas gallinas en los patios, caballos flacos y carros destartalados, todo mezclado con niños descalzos y sucios.

Caminaba como espantado, como asustado por esta realidad que observaba. Costaba asumirla, me costaba comprenderla y por supuesto aceptarla.

Pensando y reflexionando sobre esta realidad, se hacía largo el camino entre los dos mundos. El de los pobres y el de los ricos, el del hombre de la villa y el morador de la residencia. ¿Es que no alcanzan el trabajo, la educación, la salud para llegar a miles de seres humanos? ¿Por qué tantos pobres en un país rico?...


Fragmento de la novela “El Caminante” de Walter Bonetto
Capítulo XI –Rumbo al Norte- 
Obtuvo el “Fondo estímulo Municipalidad de Córdoba” –Año 2007 –
Publicada por Editorial “Fojas Cero” de la ciudad de Córdoba.


Walter Bonetto

walterbonettoescritor@gmail.com
Twitter: @walterbonetto